La falta de acceso al agua potable se ha convertido en uno de los problemas más graves del siglo XXI, afectando a más de 2.200 millones de personas en todo el mundo, según datos de la ONU. Esta crisis no solo amenaza la salud pública, sino que también genera inestabilidad social, conflictos y migraciones masivas.
El agua contaminada es responsable de la propagación de enfermedades como el cólera, la disentería y la fiebre tifoidea, que causan millones de muertes al año, especialmente en países en desarrollo. La falta de acceso a fuentes seguras de agua potable limita la higiene y la sanidad, exacerbando las crisis humanitarias en zonas de conflicto y regiones afectadas por el cambio climático.
La escasez de agua se ha convertido en un factor clave en conflictos internacionales y locales. Regiones como Oriente Medio, el norte de África y partes de Asia han sido escenario de disputas entre países y comunidades por el acceso a ríos, acuíferos y embalses. La competencia por el agua genera tensiones políticas que pueden desembocar en enfrentamientos armados, exacerbando la inseguridad mundial.
De igual modo, afecta gravemente a la agricultura y la industria, provocando crisis económicas que obligan a miles de personas a desplazarse en busca de mejores condiciones de vida. Los llamados “refugiados climáticos” aumentan año tras año debido a la desertificación y la sequía extrema, lo que genera nuevos desafíos para los países receptores y la estabilidad geopolítica global.
Los expertos insisten en la necesidad de invertir en infraestructuras para la gestión sostenible del agua, el desarrollo de tecnologías de purificación y la implementación de políticas internacionales que regulen el uso equitativo de este recurso. Organismos como la ONU y el Banco Mundial han impulsado programas para mejorar el acceso al agua, pero el reto sigue siendo inmenso.
Sin duda, el futuro del agua es un tema de seguridad global. La colaboración entre gobiernos, empresas y ciudadanos será clave para garantizar que el acceso al agua potable deje de ser un privilegio y se convierta en un derecho universal. La realidad a día de hoy es que, a medida que las temperaturas aumentan cada año, las sequías se vuelven más frecuentes y la presión cada vez mayor sobre los recursos hídricos, las cuestiones relacionadas con la explotación y la escasez del agua adquieren cada vez más importancia.
Guerras por el agua
Con frecuencia se habla de potenciales conflictos por el control del agua potable, como si se tratara de algo propio del futuro, pero a lo largo de la historia ya ha habido conflictos relacionados con ello, y se espera que más adelante esta problemática se intensifique debido al cambio climático y el crecimiento de la población.
Uno de los más destacados ha sido el conflicto entre Israel y Palestina por el río Jordán y los acuíferos subterráneos. El acceso al agua ha sido un punto de tensión entre Israel y Palestina. Israel controla fuentes clave como el río Jordán y acuíferos subterráneos en Cisjordania, lo que ha generado denuncias de escasez en comunidades palestinas y restricciones en su acceso al agua potable.
Precisamente, uno de los factores que contribuyó a la conocida como Guerra de los Seis Días, en 1967, fue el intento de Siria y Jordania de desviar el río Jordán, del cual Israel dependía para su suministro de agua. Israel respondió militarmente, lo que llevó a una escalada del conflicto.

Y, aunque no fue un conflicto bélico, propiamente dicho, en Cochabamba, Bolivia, la privatización del agua potable llevó a protestas masivas y enfrentamientos violentos entre civiles y fuerzas gubernamentales. La «Guerra del Agua» resultó en la expulsión de la empresa Bechtel y la nacionalización del recurso.
En África, Etiopía y Egipto han tenido tensiones crecientes debido a la construcción de la Gran Presa del Renacimiento en el río Nilo. Egipto depende del Nilo para el 90% de su suministro de agua, y ha amenazado con acciones militares si el acceso al agua se ve comprometido. En países como Sudán y Sudán del Sur, el control de fuentes de agua ha sido un factor que ha exacerbado conflictos armados y desplazamientos de población.
Por su parte, India y Pakistán comparten el río Indo y sus afluentes, lo que ha sido motivo de disputas desde la partición en 1947. El Tratado de Aguas del Indo (1960) ha mitigado algunos problemas, pero sigue habiendo tensiones sobre el uso de represas y el acceso al agua potable.
Naciones Unidas y expertos en seguridad advierten que el agua podría convertirse en un detonante clave de conflictos en regiones con escasez extrema, como el Sahel africano, Oriente Medio y Asia Central. La combinación de crecimiento poblacional, cambio climático y mala gestión de los recursos hídricos aumenta la probabilidad de conflictos por el agua en las próximas décadas.
¿Qué situación hay en Europa?
El índice de explotación hídrica plus (IEH+) ayuda a comprender el nivel de escasez hídrica midiendo el consumo total de agua como porcentaje de los recursos renovables de agua dulce disponibles para un territorio y período determinados. Valores superiores al 20 % se consideran generalmente un signo de escasez de agua, y valores superiores al 40 % indican escasez hídrica grave, de acuerdo con datos de Eurostat.
En 2022, el WEI+ de la UE fue del 5,8%, un aumento de 0,9 puntos porcentuales (pp) desde el año 2000. Fue el valor más alto desde que comenzó esta recopilación de datos en el año 2000.
Entre los países de la UE, Chipre registró un 71,0%, lo que indica que el uso de los recursos de agua dulce era insostenible. En el año 2000, el WEI+ en este país de la UE ya era del 59,5%.
Malta y Rumanía registraron valores del 34,1 % y el 21,0 % en 2022. Grecia, Portugal y España, con un 13,8 %, un 10,1 % y un 8,8 %, respectivamente, se situaron por debajo del umbral del 20 %, pero aún por encima de la mayoría de los países de la UE.
Además, las diferencias regionales y la gravedad de la escasez de agua durante los meses de verano no se aprecian en estos valores medios nacionales anuales. En particular, en el sur de Europa, la escasez de agua puede ser un problema grave en primavera y verano, agravado por la alta presión sobre los recursos hídricos causada por las necesidades agrícolas, el suministro público de agua y el turismo.
Letonia, Croacia, Suecia, Eslovaquia, Lituania, Eslovenia, Finlandia y Luxemburgo registraron valores del índice WEI+ inferiores al 1%, lo que indica que no se encontraban en condiciones de estrés hídrico.



