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martes, julio 28, 2026

El César Trump y su Guerra de las Galias: Venezuela

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Antonio Miguel Sánchez
Antonio Miguel Sánchez
Psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años

César forjó en las Galias su destino militar y político y abrió una etapa decisiva para Roma. Su “Veni, vidi, vici” sintetizó siete años de campaña y anticipó el punto de no retorno que supuso cruzar el Rubicón, sellado con el célebre “Alea jacta est”. Fue el gesto de un líder que entendió que la historia no espera a los indecisos.

Donald Trump, en su primer mandato (2017‑2021), no tuvo esa libertad de acción. Gobernó, sí, pero sin el control efectivo del poder. La oposición woke y una parte de su propio partido, atrincherada en estructuras internas y cargos intocables, limitaron su capacidad de maniobra. El resultado fue un mandato a medio gas que terminó con su derrota en noviembre de 2020 frente a un Joe Biden ya octogenario.

Hoy el escenario es otro. En su segundo mandato, Trump ha roto las ataduras que lo condicionaron en el pasado. Su liderazgo sobre el Partido Republicano es incuestionable, y el desgaste de la administración Biden ha dejado un terreno fértil para una agenda más ambiciosa. A su alrededor, un equipo joven y cohesionado impulsa una ofensiva sostenida contra el mundo woke, un fenómeno que retrocede tanto en Estados Unidos como en el exterior. La Casa Blanca habla de un éxito sin precedentes, y lo cierto es que la intensidad política del último año apunta en esa dirección.

“MAGA” —Make America Great Again— ha dejado de ser un lema para convertirse en un programa de gobierno. Desde su toma de posesión el 20 de enero de 2025, Trump ha acelerado políticas y reformas a un ritmo inusual. Si los próximos tres años mantienen esta cadencia, su segundo mandato podría equivaler, en densidad y alcance, a cuatro presidencias convencionales.

En política migratoria, la Administración ha endurecido los controles y ha presionado a México y Canadá para coordinar acciones sobre inmigración ilegal, narcotráfico y balanza comercial. En el terreno económico, ha reactivado la confrontación arancelaria con China y ha exigido a Europa elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB si quiere mantener el respaldo estadounidense en la OTAN.

Trump también ha recuperado la Doctrina Monroe como eje de su política exterior. Formulada en 1823, establece que cualquier intervención en las Américas constituye un acto hostil contra Estados Unidos. Bajo este marco, la Casa Blanca ha incorporado a su agenda los principales focos de tensión del continente: Cuba, México, Nicaragua, Colombia y Venezuela. A ello se suma la creciente presencia de China, Irán y Rusia en la región, un factor que Washington observa con especial atención.

El mensaje es claro: Estados Unidos vuelve a actuar como potencia hemisférica sin complejos. Y Trump, liberado de las limitaciones de su primer mandato, parece decidido a dejar una huella que, como la de César, marque un antes y un después.

El chavismo tras la muerte de Hugo Chávez (2013): consolidación, deriva autoritaria y colapso estatal

La muerte de Hugo Chávez en marzo de 2013 abrió un periodo de incertidumbre en Venezuela. Su sucesor designado, Nicolás Maduro, llegó al poder con una legitimidad discutida y con un país ya en crisis económica. Sin embargo, lejos de debilitarse, el chavismo se reconfiguró en torno a un núcleo duro civil‑militar que consolidó su control sobre el Estado.

  1. La consolidación de Maduro: poder por lealtad, no por popularidad

Maduro heredó un movimiento sin el carisma de su fundador. Para mantenerse, reforzó tres pilares:

  • Control del aparato militar, mediante ascensos, privilegios económicos y acceso a sectores estratégicos como la minería y la importación de alimentos.
  • Alianzas internas, donde figuras como Cilia Flores —su esposa— jugaron un papel clave en el control del aparato político y judicial.
  • Represión y control institucional, con el Tribunal Supremo, la Fiscalía y la Asamblea Constituyente alineados con el Ejecutivo.

Este proceso permitió al chavismo sobrevivir a protestas masivas, aislamiento internacional y una crisis económica sin precedentes.

  1. La transformación del Estado: de crisis estructural a Estado fallido

Diversos organismos internacionales, analistas y ONG han descrito la evolución de Venezuela como una transición hacia un Estado fallido. Los elementos más citados incluyen:

  • Colapso de servicios básicos (electricidad, agua, sanidad).
  • Hiperinflación y destrucción del tejido productivo.
  • Éxodo masivo, con más de diez millones de venezolanos fuera del país.
  • Pérdida de control territorial, con zonas dominadas por grupos armados, disidencias de las FARC, ELN y bandas criminales.

El Estado dejó de cumplir funciones esenciales y pasó a operar como un entramado de poder fragmentado, donde sectores militares, políticos y grupos irregulares gestionan recursos y territorios.

  1. Narcotráfico y redes ilícitas: acusaciones y estructuras paralelas

A partir de 2015, múltiples investigaciones periodísticas, judiciales y de agencias internacionales comenzaron a señalar la existencia de estructuras vinculadas al narcotráfico dentro del aparato estatal venezolano. Este fenómeno se ha denominado en algunos informes como “Cartel de los Soles”, en referencia a altos mandos militares. Los soles son distintivos militares de alto rango en el ejército de Venezuela.

Las acusaciones incluyen:

  • Uso de rutas venezolanas para el tránsito de cocaína hacia el Caribe, Centroamérica y Europa.
  • Participación de sectores militares en protección, logística y cobro de peajes.
  • Colaboración con grupos armados colombianos presentes en territorio venezolano.

Estas acusaciones no son reconocidas por el gobierno venezolano, pero forman parte de expedientes judiciales en varios países.

  1. Relaciones con Irán y grupos aliados: cooperación estratégica
Recreación por IA de reunión entre Nicolás Maduro y Ali Jamenei

Venezuela e Irán han mantenido una alianza estrecha desde la era Chávez. Tras 2013, esta relación se intensificó:

  • Cooperación energética y financiera para sortear sanciones internacionales.
  • Intercambio de combustible, oro y tecnología.
  • Presencia de empresas y asesores iraníes en sectores estratégicos.

En el ámbito internacional, algunos gobiernos y analistas han señalado que esta alianza podría facilitar actividades de grupos vinculados a Irán en la región. Estas afirmaciones forman parte de análisis geopolíticos y no de consensos oficiales.

  1. El eje Caracas–La Habana: dependencia mutua

La relación entre Venezuela y Cuba se convirtió en un pilar del chavismo:

  • Venezuela suministró petróleo subsidiado a Cuba durante años, incluso en plena crisis interna.
  • Cuba aportó asesoría política, de inteligencia y de seguridad, especialmente en control social, organización del aparato estatal y formación de cuadros.
  • Intercambio de personal médico y técnico, aunque con críticas sobre condiciones laborales y uso político.

Este eje se mantuvo porque ambos gobiernos obtuvieron beneficios estratégicos: Cuba recibió energía y recursos; Venezuela obtuvo apoyo político, logístico y de seguridad.

Tras la muerte de Chávez, el chavismo no se debilitó: se transformó. Maduro consolidó un sistema basado en lealtades internas, control militar y alianzas internacionales que permitieron al régimen sobrevivir al colapso económico y al aislamiento diplomático. El resultado ha sido un Estado debilitado, con amplias zonas fuera de control, acusado de participar en redes ilícitas y sostenido por alianzas geopolíticas que buscan contrapesar la presión internacional.

La gran ruptura venezolana: del precedente Guaidó a la estafa electoral de 2024

La historia reciente de Venezuela está marcada por un patrón que se repite con precisión quirúrgica: cada vez que el chavismo se enfrenta a una derrota electoral, el resultado oficial termina contradiciendo lo que muestran las actas, los testigos y la calle. El precedente más claro fue el de Juan Guaidó, reconocido por decenas de países en 2019 como presidente encargado tras unas elecciones consideradas fraudulentas por buena parte de la comunidad internacional. Para la oposición, Guaidó había ganado políticamente —y en términos de legitimidad democrática—, pero el aparato de Maduro se negó a reconocerlo, blindado por el control absoluto de las instituciones.

Ese precedente marcó el terreno para lo que ocurriría en 2024, un año que muchos venezolanos describen como la confirmación de la “gran estafa electoral”.

El 2024 que rompió el espejo: dos resultados, dos países

El Consejo Nacional Electoral, alineado con el chavismo, proclamó la victoria de Nicolás Maduro. Pero la oposición presentó un recuento paralelo basado en actas físicas, enviadas desde miles de mesas electorales por testigos acreditados. Según ese recuento, la diferencia era abrumadora: 70/30 en contra de Maduro.

Imagen: Prensa Presidencial

Para la oposición, no se trataba de una sospecha, sino de un hecho documentado:

  • Actas fotografiadas antes de su transmisión digital.
  • Mesas donde el resultado físico no coincidía con el publicado por el CNE.
  • Centros donde el chavismo reportó porcentajes imposibles.
  • Un patrón de manipulación que, según ellos, repetía el guion de 2018.

El país quedó dividido entre el resultado oficial y el resultado real que la oposición decía tener en la mano.

La maquinaria del poder: opacidad, control y silencio institucional

El CNE tardó en publicar resultados, evitó auditorías independientes y se negó a divulgar el detalle mesa por mesa. Para la oposición, esta opacidad era la confirmación de que el fraude no era un accidente, sino un mecanismo estructural.

El gobierno, por su parte, desestimó las denuncias y acusó a la oposición de intentar “desconocer la voluntad popular”.

Pero la voluntad popular, según el recuento opositor, decía otra cosa.

El precedente Guaidó como advertencia ignorada

El episodio de 2019 había demostrado que el chavismo no estaba dispuesto a ceder el poder por vías electorales. Guaidó fue reconocido internacionalmente, pero dentro del país el aparato estatal —militar, judicial, policial y comunicacional— cerró filas en torno a Maduro.

En 2024, la oposición sabía que enfrentaba el mismo muro, pero aun así decidió presentar sus actas, convencida de que la magnitud de la diferencia haría imposible sostener el resultado oficial.

No fue así.

La calle estalla, el Estado responde

Tras la publicación del recuento opositor, miles de venezolanos salieron a protestar. La respuesta del Estado fue inmediata:

  • Represión policial y militar.
  • Detenciones de dirigentes y activistas.
  • Bloqueo de medios y redes.
  • Criminalización de la protesta.

El país entró en una espiral de tensión que recordó los momentos más duros de 2014 y 2017.

Un país atrapado entre dos legitimidades

El resultado fue un escenario de doble narrativa:

  • La oficial, sostenida por el aparato estatal.
  • La documentada por la oposición, basada en actas físicas que mostraban una derrota aplastante del chavismo.

La comunidad internacional volvió a dividirse, como en 2019, entre quienes exigían una auditoría completa y quienes respaldaban al gobierno.

La crisis electoral de 2024 no fue un episodio aislado, sino la continuación de un ciclo iniciado años atrás: un sistema que no reconoce derrotas, una oposición que documenta victorias que no llegan al poder y un país que vive entre la esperanza y la frustración.

El precedente de Guaidó demostró que la legitimidad democrática puede existir sin poder real. El 2024 demostró que el poder real, en Venezuela, sigue estando blindado contra la legitimidad democrática.

El hemisferio que Estados Unidos estaba perdiendo

Durante décadas, Washington dio por sentado que América Latina era un espacio seguro, un hemisferio bajo su paraguas estratégico. Esa convicción se ha evaporado. Hoy, la región se ha convertido en un tablero donde China, Rusia e Irán avanzan sin oposición real, mientras Estados Unidos observa cómo su influencia se diluye. Y el epicentro de esta transformación es Venezuela.

La pérdida de influencia estadounidense en Iberoamérica no es un fenómeno repentino: es el resultado de años de desatención, errores diplomáticos y una peligrosa subestimación de las ambiciones de potencias rivales. El vacío que dejó Washington ha sido ocupado con rapidez por actores que no solo desafían su liderazgo, sino que ponen en riesgo directo la seguridad nacional de Estados Unidos.

Venezuela: la cabeza de puente de potencias extrahemisféricas

El régimen venezolano se ha convertido en un puerto seguro para intereses estratégicos ajenos al continente. China, Rusia e Irán no solo han penetrado en la economía venezolana: han tejido alianzas militares, tecnológicas y de inteligencia que alteran el equilibrio hemisférico.

Recreación por IA de Donald Trump junto a Nicolás Maduro
  • China controla sectores críticos como telecomunicaciones, minería y vigilancia digital.
  • Rusia ha desplegado asesores, acuerdos militares y cooperación en inteligencia.
  • Irán ha encontrado en Caracas un socio dispuesto a facilitar redes financieras y logísticas opacas.

Para Washington, esto no es un problema regional: es una amenaza directa. Un Estado fallido, aliado de tres potencias rivales, situado a pocas horas de vuelo de Florida, es un riesgo que ningún estratega serio puede ignorar.

El Cono Sur ya no es un refugio de estabilidad

Mientras Venezuela se hunde, el Cono Sur —tradicionalmente estable— se ve arrastrado por la expansión de redes criminales, la penetración económica china y la presencia creciente de estructuras vinculadas a Irán en zonas sensibles como la triple frontera.

La región se ha convertido en un corredor estratégico donde convergen:

  • narcotráfico transnacional,
  • redes financieras ilícitas,
  • operaciones de influencia política,
  • y presencia tecnológica extranjera en infraestructuras críticas.

La pregunta que se hacen en Washington no es si esto afecta a la seguridad nacional estadounidense, sino cuánto tiempo puede permitirse Estados Unidos seguir mirando hacia otro lado.

El error estratégico de Estados Unidos: creer que el hemisferio era eterno

Durante años, la política estadounidense hacia América Latina se basó en la inercia. Se asumió que la región seguiría alineada por simple proximidad geográfica. Pero la geografía ya no garantiza lealtades. China ofrece dinero. Rusia ofrece armas. Irán ofrece redes. Y Venezuela ofrece territorio.

Mientras tanto, Estados Unidos ofrece… declaraciones.

El resultado es evidente: Washington estaba perdiendo su propio hemisferio.

La conclusión que nadie quiere decir en voz alta

Si Venezuela sigue siendo un enclave para potencias rivales, si el Cono Sur continúa deslizándose hacia la influencia externa y si Estados Unidos no redefine su estrategia hemisférica, el continente americano dejará de ser un espacio seguro.

Y cuando el hemisferio deja de ser seguro, la seguridad nacional de Estados Unidos deja de estar garantizada.

Este es el mensaje que circula en los análisis más duros de Washington: no actuar es, en sí mismo, una decisión estratégica… y una decisión peligrosa.

El papel de Trump, el Departamento de Estado y el Pentágono

La intervención en Venezuela ha obligado a reordenar el tablero interno en Washington. Trump, que había construido parte de su identidad política sobre el rechazo a las guerras largas, ha pasado a dirigir una acción militar directa en el hemisferio occidental. Esto ha abierto un debate profundo sobre el nuevo estándar de intervención estadounidense.

En el plano diplomático, el Departamento de Estado se mueve entre dos líneas:

  • Los halcones, que apuestan por una estrategia de “máxima presión” para forzar una transición política completa en Caracas.
  • Los pragmáticos, que buscan combinar presión con acuerdos tácticos en materia migratoria, energética y de seguridad, aprovechando la debilidad del chavismo tras la caída de Maduro.

En el ámbito militar, el Departamento de Defensa, también llamado ahora Departamento de Guerra, ha pasado de la disuasión y la presión indirecta a una intervención directa que redefine los límites de la política exterior estadounidense. La captura de Maduro se ha convertido en un caso de estudio sobre operaciones de precisión con alto impacto político.

Estado actual de las gestiones en Venezuela

Tras la operación, Washington ha asumido un papel de facto como poder tutelar en Venezuela, al menos en el discurso de la administración Trump. Las prioridades se articulan en tres ejes:

  • Seguridad interna y control territorial: evitar el vacío de poder y contener a grupos armados, redes criminales y estructuras vinculadas al narcotráfico.
  • Gestión de los recursos energéticos: asegurar el flujo de petróleo venezolano bajo condiciones favorables a Estados Unidos, en un contexto de debate internacional sobre la legalidad de ese control.
  • Transición política controlada: impulsar un proceso de reorganización institucional que, según los defensores de la intervención, debería conducir a un gobierno “estable, prooccidental y funcional”.

Sin embargo, el marco legal y la legitimidad internacional de esta presencia siguen siendo objeto de fuerte controversia.

El futuro de Venezuela bajo el “consulado” de Trump

Bajo el liderazgo de Trump y la coordinación de los Departamentos de Estado y Defensa, el futuro de Venezuela se presenta como una combinación de tutela externa, reconstrucción condicionada y disputa geopolítica.

Imagen: Prensa presidencial

En los análisis estratégicos más influyentes se plantean cuatro objetivos de fondo:

  • Expulsar o reducir al mínimo la influencia de China, Rusia e Irán en el país, desmantelando acuerdos militares, tecnológicos y financieros que se consideran una amenaza directa para la seguridad nacional de Estados Unidos.
  • Sacar a Cuba de Venezuela y ponerla en cuarentena, a la espera de su caída de modo parecido a lo sucedido en Venezuela.
  • Convertir a Venezuela en un caso ejemplar de cómo una intervención puede “reordenar” un Estado fallido en el hemisferio occidental, enviando un mensaje al resto de la región.
  • Reintegrar a Venezuela en el sistema económico occidental, bajo reglas favorables a Washington, especialmente en el sector energético.

El riesgo, señalado por numerosos analistas, es claro: una intervención que se presenta como operación de estabilización puede derivar en una ocupación prolongada, con altos costes políticos, militares y morales para Estados Unidos.

En resumen: la intervención en Venezuela ha pasado de ser una hipótesis de laboratorio a un hecho consumado que reabre la doctrina de intervención estadounidense en América Latina. El “consulado” de Trump sobre Caracas no solo definirá el futuro de Venezuela, sino también el tipo de poder que Estados Unidos está dispuesto a ejercer en su propio hemisferio.

El horizonte, con los presos políticos en trance de liberación, los partidos de oposición a punto de operar libremente y la más que predecible desaparición del chavismo.

Hay momentos en la vida de una nación en los que el tiempo parece detenerse. Instantes en los que el pasado, con todo su peso, se quiebra; y el futuro, con toda su incertidumbre, se abre como un horizonte inmenso. Venezuela vive hoy uno de esos momentos. Tras décadas de oscuridad, represión y fractura, el país vuelve a respirar. Y ese simple acto —respirar— es ya un acto épico.

Los presos políticos están saliendo de las cárceles donde se intentó encerrar la conciencia de un pueblo. Han sido pocos, pero en breve se espera que sean más, y finalmente todos, en cifras situadas entre 800 y 1.000 presos por razones políticas. Sus pasos, al cruzar las puertas de la libertad, no son solo los de hombres y mujeres que recuperan su vida: son los pasos de una nación que recupera su dignidad. Cada abrazo, cada lágrima, cada nombre que vuelve a pronunciarse sin miedo, es una victoria sobre la noche.

Los partidos de oposición, perseguidos, fragmentados, silenciados durante años, vuelven a ocupar el espacio público. Vuelven a organizarse, a debatir, a disentir. La política, que había sido reducida a un monólogo, vuelve a ser un coro. Y en ese coro, por primera vez en mucho tiempo, resuena la pluralidad que define a un país vivo. En breve, tanto el regreso de los partidos como el de todos aquellos venezolanos que quieran o puedan volver (de entre 10 millones de ellos, desplazados por el estado terrorista fallido de Chaves y Maduro), darán al país su vibra natural, no aquella de los pobres que se quedaron porque no podían huir y comían del régimen, ni los apesebrados que pistola en mano mantenían vivo el sistema de terrorismo de estado.

El chavismo, que durante un cuarto de siglo se erigió como un poder absoluto, ha dejado de ser la fuerza que dictaba el destino de millones. Su caída no es solo el fin de un proyecto político: es el derrumbe de una estructura que se creyó eterna. Y como ocurre con todos los colosos que se desploman, su caída ha dejado un vacío. Pero también ha dejado una lección: ningún poder es invencible cuando un pueblo decide ponerse de pie.

Hoy Venezuela se mira al espejo y no reconoce el rostro devastado que heredó. Reconoce, en cambio, el rostro de quienes sobrevivieron. De quienes resistieron. De quienes no se rindieron. Reconoce el rostro de un país que, aun en su ruina, conserva una fuerza que asombra al mundo.

Porque reconstruir no es solo levantar edificios, restaurar servicios o estabilizar una economía. Reconstruir es volver a creer. Es volver a confiar. Es volver a imaginar un futuro que no esté marcado por el miedo, la escasez o la resignación. Reconstruir es un acto de fe colectiva.

Y esa fe, hoy, existe.

El camino será largo. Habrá tropiezos, tensiones, heridas que tardarán en cerrar. Pero por primera vez en mucho tiempo, Venezuela avanza hacia adelante, no hacia atrás. Y lo hace con la convicción de que esta vez la historia no será escrita por quienes se aferran al poder, sino por quienes se atreven a cambiarlo.

Este es el amanecer de una nueva República. Un amanecer que no pertenece a un partido, ni a un líder, ni a una facción. Pertenece a todos los venezolanos que, después de tanto dolor, se niegan a renunciar a su país.

La épica no está en la caída del régimen. La épica está en lo que viene después. En la reconstrucción. En la reconciliación. En la libertad que, al fin, vuelve a tener sentido. Venezuela no está ante un cambio de gobierno. Está ante un cambio de era.  Lo iremos viendo.

Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años

Antonio M.S.

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1 COMENTARIO

  1. No puede haber mejor descripción de la situación geopolítica del hemisferio y en especial la de Venezuela.
    El universo Woke y su idealismo imprudente han permitido a Irán, China y Rusia posicionarse más allá de su zona de influencia, meando en el mismísimo felpudo de la puerta de USA, lo mismo que pretendió el gobierno Biden y la UE en la puerta de Putin con Ucrania.
    El que siga manejando la situación desde la ideologia y no desde las leyes de la geopolítica está condenado a no entender los proximos 20 años.
    El eje USA, UE, China ha pasado a ser USA, China, Rusia y los nuevos ricos Países Árabes.
    La UE ensimismada en idealismos ha sido arrasada por China comprando su deuda y los países árabes poblando y culturizando sus calles.
    Hoy solo somos observadores con infulas de quien todavía se cree importante en un tablero del que hace más de 20 años que no pintamos nada.
    Somos un cadaver politico que lleva años oliendo putrefacto
    mientras creemos que somos la admiración del mundo.
    Trump sólo ha sacado el orgullo de una nación que perdía respeto internacional y caminaba hacia una UE 2.0.
    Putin ha entendido que USA necesita la vuelta a la época donde sólo había dos potencias en el mundo. La diferencia es que ya no existe una Rusia comunista con paises satélites en Europa, ahora son igual de capitalistas y con menos influencia.
    Trump y Putin han entendido que juntos y apoyandose sin injerencias podrán competir contra China y los países árabes.
    Europa debe alinearse con occidente. Rusia y USA se lo están advirtiendo, nuestro futuro depende de que gobiernen Orbans, Melanis y Abascales.
    Todo lo demás será islamizarnos.

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