Durante la reciente inauguración de la exposición ‘La mitad del mundo. La mujer en el México indígena’ en Madrid, el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, dio un paso adelante en el reconocimiento del daño causado por el descubrimiento español del país norteamericano al afirmar que, “como toda historia humana, tiene claroscuros. Ha habido dolor e injusticia hacia los pueblos originarios. Hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo. Esa es parte de nuestra historia compartida y no podemos ni negarla ni olvidarla”.

Asimismo, dijo que era “justo reconocerlo y enmendarlo” en referencia a los agravios históricos. Estas declaraciones se producen en un momento de tensión entre España y México respecto a una solicitud de disculpa que había hecho el expresidente Andrés Manuel López Obrador en 2019 dirigida al entonces rey de España, pidiendo que se reconocieran los “abusos” cometidos durante la conquista. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, valoró el discurso de Albares como “un primer paso” hacia la reconciliación histórica.
Aunque fueron palabras de reconocimiento y lamento, no constituyeron una petición de perdón formal por parte del Gobierno español. En ningún momento Albares utilizó expresamente la fórmula de “pedimos perdón” por los hechos de la conquista. Así que su discurso se puede considerar un gesto simbólico de reconocimiento del dolor e injusticia, pero no como una disculpa oficial.

En este contexto, el Gobierno de México, aunque en los últimos tiempos ha realizado actos de pedir perdón a pueblos originarios por agravios históricos, no exactamente lo ha hecho por los desmanes cometidos por el Imperio azteca sobre otros pueblos, al menos no de forma explícita que aborde ese aspecto concreto.
Por ejemplo, en mayo de 2021, el presidente Andrés Manuel López Obrador pidió disculpas al pueblo maya por los “terribles abusos que cometieron particulares y autoridades nacionales y extranjeras en la conquista… y en los dos siglos de México independiente”. Previamente, López Obrador había anunciado que el Estado mexicano ofrecería una disculpa pública a los pueblos originarios, afirmando que “pedir perdón” era un acto de reconciliación. La petición de perdón, no obstante, se refería a los abusos coloniales (conquista, dominación colonial) y también a posteriores hechos discriminatorios dentro de México hacia pueblos indígenas.
Pero no hay constancia de que el Gobierno mexicano formule un reconocimiento oficial y específico de que el Imperio azteca, antes de la llegada de los españoles, haya cometido atrocidades contra otros pueblos y que ese reconocimiento vaya acompañado de una disculpa formal por esos hechos particulares.
Las declaraciones giran más hacia la conquista española, la colonización y los abusos posteriores del Estado hacia pueblos originarios, no tanto hacia los conflictos interindígenas prehispánicos. Tampoco parece que haya un debate público fuerte enfocado en ese tema, el del imperio azteca contra otros pueblos como eje de reparación o disculpa formal.
Así que, el Estado mexicano ya reconoce que hubo agravios graves hacia pueblos originarios (despojo, esclavización, discriminación) y realiza actos simbólicos de disculpa, pero esos actos se centran principalmente en la conquista española y la historia poscolonial, más que en la etapa del imperio azteca de dominio sobre otros pueblos.
El imperio del miedo: las atrocidades aztecas antes de la conquista española
Durante más de un siglo, el Imperio mexica, conocido comúnmente como azteca, dominó el corazón de Mesoamérica con una mezcla de poder militar, terror religioso y una estructura política implacable. Desde su capital, Tenochtitlán, los gobernantes aztecas levantaron un sistema de sometimiento que no solo se sostenía por tributos y alianzas, sino también por una maquinaria de guerra que devastó a decenas de pueblos vecinos. Mucho antes de la llegada de Hernán Cortés en 1519, la expansión mexica ya había dejado un rastro de sufrimiento, esclavitud y sacrificios humanos que marcaron la vida de miles de indígenas del altiplano central.
El Imperio azteca nació del pacto conocido como la Triple Alianza, firmada en 1428 entre Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan. Bajo el liderazgo de Itzcóatl primero y, después, de poderosos tlatoanis como Moctezuma I y Ahuitzotl, los mexicas emprendieron campañas de expansión que sometieron a decenas de pueblos. Ciudades como Chalco, Huexotzinco, Tlaxcala o Xochimilco sufrieron el peso de ejércitos disciplinados que avanzaban no solo para conquistar territorios, sino para capturar prisioneros destinados a los sacrificios rituales.
La guerra, para los aztecas, no era solo una herramienta de dominio político. Era una necesidad espiritual. Según su cosmovisión, el Sol necesitaba alimentarse de sangre humana para seguir su curso y evitar el fin del mundo. Por ello, las guerras no siempre buscaban exterminar al enemigo, sino capturarlo vivo. Estas campañas, conocidas como guerras floridas (xochiyaoyotl), eran auténticas cacerías humanas organizadas contra pueblos vecinos, especialmente los que resistían someterse al dominio mexica, como los tlaxcaltecas. Los prisioneros eran llevados a Tenochtitlán, donde aguardaban su destino en las pirámides-templos.
Tributos, esclavitud y terror
El control mexica no se limitaba al campo de batalla. Los pueblos conquistados debían entregar tributos descomunales: alimentos, telas, armas, joyas, cacao, plumas de quetzal e incluso personas para el sacrificio o la servidumbre. Los registros del Códice Mendoza describen con precisión la brutalidad económica de este sistema: un solo poblado podía verse obligado a entregar cada 80 días decenas de mantas, cientos de cántaros de miel o miles de mazorcas. La carga era tal que algunos pueblos preferían rebelarse, aunque sabían que la respuesta sería el castigo colectivo.
La esclavitud, aunque común en Mesoamérica, alcanzó bajo los aztecas una dimensión más cruel. Los esclavos, conocidos como tlacotin, podían ser vendidos, sacrificados o usados en ceremonias públicas. Muchos eran personas libres que habían caído en la miseria y se ofrecían como esclavos para sobrevivir, pero otros eran prisioneros de guerra o víctimas de castigos. El destino de los esclavos sacrificados era especialmente atroz: en las grandes festividades religiosas, eran forzados a representar a los dioses, alimentados durante meses y finalmente sacrificados en rituales multitudinarios.
Los sacrificios humanos: el corazón del terror
Las crónicas indígenas y españolas coinciden en describir los sacrificios humanos como una práctica central del Estado mexica. No eran simples ritos aislados, sino espectáculos públicos cuidadosamente orquestados. En la cúspide del Templo Mayor, las víctimas eran tendidas sobre una piedra sacrificial. El sacerdote, con un cuchillo de obsidiana, abría el pecho y extraía el corazón aún palpitante, que era ofrecido al Sol. Después, el cuerpo era arrojado por las escalinatas, mientras los asistentes entonaban cánticos y tambores resonaban por toda la ciudad.
Durante la dedicación del nuevo Templo Mayor en 1487, bajo el reinado de Ahuitzotl, se realizaron —según algunas fuentes indígenas y relatos de cronistas como fray Diego Durán o Bernardino de Sahagún— entre 10.000 y 20.000 sacrificios humanos en solo cuatro días. Aunque las cifras pueden estar exageradas, el consenso entre los estudiosos es que se trató de un sacrificio masivo sin precedentes, con víctimas provenientes de decenas de pueblos sometidos. Los cuerpos fueron descuartizados, y partes de ellos se utilizaron en banquetes rituales entre la élite militar.
El terror que inspiraban los aztecas cimentó un profundo resentimiento entre sus vecinos. Ciudades como Tlaxcala, Huexotzinco o Cholula vivieron durante décadas bajo la amenaza constante de los ejércitos mexicas, que arrasaban sus campos y se llevaban a sus jóvenes para los sacrificios. En muchos casos, las víctimas eran despojadas de su identidad: sus nombres eran olvidados, sus cuerpos usados para los rituales y sus cráneos incorporados al tzompantli, un enorme muro de cráneos humanos expuestos como trofeos.
Este resentimiento fue decisivo cuando los españoles llegaron a Mesoamérica. Lejos de enfrentarse a una nación unida, Hernán Cortés halló un mosaico de pueblos oprimidos que veían en los europeos una oportunidad de liberarse del dominio mexica. Tlaxcala, enemigo acérrimo de Tenochtitlán, se alió con los conquistadores y proporcionó miles de guerreros indígenas que fueron cruciales para la caída del imperio. Muchos de esos aliados habían perdido familiares y amigos en los sacrificios humanos o bajo los tributos aztecas.
El fin del imperio y la herencia del horror
Cuando el ejército de Cortés sitió Tenochtitlán en 1521, muchos pueblos indígenas participaron activamente en la destrucción del imperio que durante décadas los había esclavizado. La caída de la capital mexica no solo fue el fin de una civilización, sino también la venganza largamente esperada por aquellos que habían sufrido bajo su dominio. Sin embargo, el fin del terror azteca no trajo la libertad: comenzó un nuevo capítulo de sometimiento bajo el dominio español.
Hoy, el Imperio azteca sigue siendo objeto de fascinación y controversia. Sus logros en arquitectura, astronomía y organización social son innegables, pero también lo es la violencia sistemática que ejercieron sobre otros pueblos. Los testimonios arqueológicos y las crónicas de la época muestran que, detrás de la magnificencia de Tenochtitlán, existía un sistema político sostenido por la sangre y el miedo. La grandeza mexica fue, en gran medida, el producto del dolor ajeno.
A más de quinientos años de su caída, el Imperio azteca representa una de las paradojas más profundas de la historia americana. Fue una civilización brillante, capaz de construir una ciudad monumental en medio de un lago, pero también una sociedad que hizo del sacrificio humano un pilar religioso y político. Su legado no puede entenderse sin reconocer ambas caras: la del esplendor y la del horror.
Mientras en el México moderno se debate la memoria del pasado prehispánico, la historia recuerda que los aztecas, antes de ser conquistados por los españoles, ya habían conquistado —y destruido— a muchos otros pueblos. Su imperio fue, en esencia, un imperio del miedo.
Los desmanes de la conquista de México: entre la verdad histórica y la leyenda negra
Cuando Hernán Cortés desembarcó en las costas de Veracruz en 1519 con poco más de quinientos hombres, pocos podían imaginar que aquel encuentro cambiaría para siempre la historia de dos mundos. En menos de dos años, el imperio mexica, una de las civilizaciones más poderosas y organizadas del continente americano, quedaría reducido a ruinas.
En torno a esa conquista se han tejido, desde entonces, relatos que oscilan entre la gesta heroica y la barbarie desmedida. Pero ¿qué hay de cierto en los desmanes atribuidos a los conquistadores españoles? ¿Y cuánto corresponde a la llamada “leyenda negra”, esa visión deliberadamente sombría promovida por los enemigos de España?
Ningún historiador serio discute hoy que la conquista fue un proceso brutal. Las fuentes de la época, tanto españolas como indígenas, narran escenas de extrema violencia. El cronista Bernal Díaz del Castillo, compañero de Cortés, describe ejecuciones, castigos y saqueos en los pueblos sometidos. Los propios aliados indígenas de los españoles —como los tlaxcaltecas, acérrimos enemigos de los mexicas— relataron matanzas perpetradas durante la campaña, a veces con un afán ejemplarizante.
Uno de los episodios más recordados es la matanza del Templo Mayor, ocurrida en 1520 durante la ausencia de Cortés en Tenochtitlán. El capitán Pedro de Alvarado, temeroso de una supuesta conspiración mexica, ordenó atacar una ceremonia religiosa, provocando la muerte de cientos de nobles y sacerdotes desarmados. El hecho desató una insurrección que culminó con la huida española en la llamada Noche Triste, donde muchos conquistadores fueron capturados y sacrificados.
A estos hechos se suman los abusos posteriores al triunfo español: la destrucción sistemática de templos y códices indígenas, la imposición del cristianismo por la fuerza y el establecimiento de la encomienda, un sistema de trabajo forzoso que sometió a miles de indígenas a la servidumbre. Las epidemias traídas por los europeos —viruela, sarampión, tifus— acabaron con millones de personas, borrando pueblos enteros y acelerando el colapso demográfico.
El peso del mito y la propaganda
Sin embargo, reducir la conquista a una simple masacre sería una visión parcial. A partir del siglo XVI, los enemigos políticos y religiosos de la monarquía hispánica, especialmente Inglaterra, Francia y los Países Bajos protestantes, construyeron un discurso de propaganda conocido como la leyenda negra, destinado a presentar a España como una nación de fanáticos y asesinos.
El detonante de esta visión fue la publicación en 1552 de la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, del fraile Bartolomé de las Casas. Aunque Las Casas fue un defensor sincero de los pueblos originarios, su relato fue aprovechado por potencias rivales para denunciar los supuestos “crímenes de España” y justificar sus propias empresas coloniales. Grabados como los de Theodor de Bry, basados en el texto del fraile pero exagerados hasta lo grotesco, difundieron por Europa imágenes de conquistadores descuartizando indígenas o quemando vivos a niños.

Lo cierto es que, si bien existieron atrocidades, algunas documentadas por los propios españoles, la leyenda negra amplificó y generalizó esos hechos hasta convertirlos en un patrón absoluto. Se omitía, por ejemplo, que en el mismo periodo Inglaterra y Francia practicaban la esclavitud africana y destruían culturas enteras en sus colonias sin que ello generara el mismo escándalo moral.
Las fuentes indígenas ofrecen una perspectiva distinta, más matizada. El Códice Florentino, elaborado por el franciscano Bernardino de Sahagún con testimonios de sabios nahuas, no solo describe las matanzas y la caída de Tenochtitlán, sino también los esfuerzos de adaptación y supervivencia cultural tras la derrota. Los cronistas nativos relatan el desconcierto de los mexicas ante la llegada de los “teules” (dioses), pero también muestran cómo, con el tiempo, las comunidades indígenas aprendieron a negociar con los nuevos poderes coloniales y preservar parte de su identidad.
Asimismo, algunos conquistadores mostraron una actitud más ambigua que la pura violencia. Cortés, pese a su papel central en la destrucción del imperio mexica, prohibió en ocasiones los sacrificios humanos y buscó alianzas políticas con los pueblos sometidos por los mexicas. Muchos de sus hombres se casaron con mujeres indígenas, dando origen a una nueva sociedad mestiza. El choque fue brutal, pero también generó un mestizaje cultural, lingüístico y religioso que aún define buena parte de la identidad mexicana.
La herencia de la conquista
La colonización española implantó una nueva estructura social, económica y religiosa que perduró tres siglos. El catolicismo, la lengua castellana y el sistema jurídico español se impusieron sobre las antiguas formas de gobierno indígena. Sin embargo, esta dominación no fue absoluta: en los márgenes del virreinato sobrevivieron lenguas, ritos y costumbres prehispánicas, en ocasiones camufladas bajo símbolos cristianos.
El siglo XX vio renacer el debate sobre la conquista. Para algunos historiadores, como Hugh Thomas o Inga Clendinnen, la violencia de la conquista fue real, pero debe entenderse en el contexto de las guerras del siglo XVI, tan cruentas en Europa como en América. Otros, en cambio, subrayan el carácter genocida del proceso, señalando que la combinación de armas, religión y epidemias destruyó una civilización entera.
En México, la figura de Cortés sigue siendo motivo de división: para unos, un estratega brillante; para otros, el símbolo de la traición y la opresión. La “leyenda negra” no inventó la violencia de la conquista, pero sí moldeó la forma en que el mundo la recuerda. Hoy, más de quinientos años después, los desmanes de los conquistadores españoles en México continúan siendo un espejo incómodo. La verdad histórica revela tanto atrocidades como procesos de mestizaje y resistencia. La leyenda negra, en cambio, simplificó la complejidad de aquel encuentro para convertirlo en un juicio moral.
Ni la idealización de la gesta española ni la condena total hacen justicia a lo que ocurrió. La conquista fue un choque de mundos: sangriento, sí, pero también creador de una nueva realidad. Reconocer sus luces y sus sombras es un ejercicio de memoria que México y España todavía están aprendiendo a compartir sin prejuicios ni culpas heredadas.





