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martes, julio 28, 2026

Dulcinea del True Crime. Capítulos O, I, II y III

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Dulcinea del True Crime Introducción

Dulcinea del True Crime Capítulo 0 

Dulcinea del True Crime Capítulo 1

Dulcinea del True Crime Capítulo 2

Dulcinea del True Crime Capítulo 3

Dulcinea del True Crime

No son casos. Son personas.

Venturas y desventuras de un hidalgo portero que se creyó criminólogo, alguacil y verdugo; todo en uno.

Don Justo Severo Recio fue portero de finca durante treinta y un años en Olmeda del Espino. Desde su portería lo vio todo: nacimientos, bodas, discusiones, enfermedades y despedidas sin retorno. Fue testigo silencioso de la vida en todas sus formas. Pero un día se jubiló. Y con la jubilación llegó el silencio. Desapareció la portería, apareció el sofá. Y con el sofá, el mando a distancia. Y con el mando a distancia, el mundo: documentales de crímenes, podcasts de asesinos en serie, canales de YouTube con tipografías rojas y preguntas que nunca terminan de responderse.

Don Justo es, a su manera, el don Quijote del siglo XXI. No perdió el juicio por los libros de caballerías, sino por el true crime. Y como aquel hidalgo, empezó a ver gigantes donde había molinos. O, más exactamente, a ver tramas criminales donde solo había rutinas, sospechas donde solo había coincidencias, y conspiraciones donde apenas había ruido de fondo.

Dulcinea del True Crime nace de una pregunta sencilla, pero inquietante: ¿qué le ocurre a alguien que aprende a mirar el mundo exclusivamente a través del filtro del crimen convertido en espectáculo? ¿Qué sucede cuando esa mirada sustituye la realidad inmediata, la de los vecinos, las pequeñas verdades incómodas, los silencios cotidianos que nadie retransmite?

La respuesta no es una condena del género. Sería demasiado fácil. Es, en cambio, una exploración más incómoda: la de sus efectos. Sobre quien consume sin criterio. Sobre quien produce sin responsabilidad. Y, sobre todo, sobre quienes —sin haberlo elegido— se convierten en relato, en contenido, en entretenimiento.

En este universo conviven personajes que encarnan esas tensiones. Modesto Fama Cuesta, el youtuber sensacionalista que descubre demasiado tarde el precio de una frase lanzada sin pensar. Inés Perada Vuelta, criminóloga y voz de La Raíz del Asunto, que insiste —una y otra vez— en lo esencial: detrás de cada historia hay una persona. Y Remedios Cuerda, esposa de don Justo, que comprende antes que nadie lo que ocurre y resuelve con una taza de café lo que otros no logran descifrar con páginas de teorías.

Cada capítulo aborda un fenómeno criminológico real —grooming, phishing, romance scam, sextorsión, violencia de género, acoso inmobiliario, estafas en contextos de catástrofe, ciberseguridad en vehículos conectados— a través de quienes lo viven, lo sufren o lo aprenden. No es un manual. Es algo más persistente: una forma de entender los mecanismos que operan bajo la superficie.

Y cuando todo parece haber sido dicho, don Justo aprende lo único que no estaba en ningún documental: que no es lo mismo anotar que comprender, ni mirar que ver. Que escuchar, a veces, basta. Y que eso, lejos de ser poco, lo es casi todo.

Esta obra no pretende prohibir ni absolver. Propone algo más exigente: una mirada crítica. La del lector que distingue entre la divulgación que respeta a las víctimas como personas y el entretenimiento que las reduce a personajes.

Porque                                 No son casos. Son personas.

Esta obra es el resultado del trabajo creativo de sus autores. Para determinadas tareas de apoyo —como la organización de información, la estructuración de materiales y la asistencia en procesos de edición— se han empleado herramientas de inteligencia artificial. No obstante, la concepción, autoría, criterio y responsabilidad sobre los contenidos pertenecen exclusivamente a los autores humanos.

Dulcinea del True Crime

No son casos. Son personas.

Hazañas, desvaríos y despertar de don Justo Severo Recio portero de finca jubilado

«En un lugar de la Mancha digital, de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho tiempo que vivía un jubilado de los de portería en planta baja y archivador en la despensa, librea de paño oscuro, galgo moderno y mando a distancia flaco.»

 

Primera parte: De la naturaleza de la locura y de los mundos que construye

CAPÍTULO 0

El origen de la locura o de cómo un hombre cabal que lo había visto todo acabó viendo demasiado

Don Justo Severo Recio había ejercido durante treinta y un años como portero de finca del número catorce de la calle Alameda, en Olmeda del Espino, provincia de Ciudad Real. Treinta y un años en que había visto nacer, crecer, casarse, divorciarse, envejecer y morir a tres generaciones de vecinos. Había firmado paquetes, avisado a fontaneros, abierto portales a deshoras, interceptado goteras antes de que se convirtieran en catástrofes y mediado en disputas sobre el turno del trastero con la diplomacia callada de quien sabe que mañana tendrá que saludar a las dos partes en el ascensor.

Era, en suma, un hombre que había observado la conducta humana durante tres décadas desde el mejor observatorio posible: la portería. Discreto como los buenos porteros. Atento como los buenos porteros. Y como todos los buenos porteros del mundo, poseedor de una cantidad ingente de información sobre las vidas ajenas que nunca había sabido qué hacer con ella más allá de guardarla con el mismo cuidado silencioso con que se guarda cualquier cosa que pertenece a otro.

La jubilación llegó un martes de febrero, con una placa de latón con su nombre grabado en letras azules —Don Justo Severo Recio. Con gratitud de sus vecinos. 1991-2022—, un sobre con dinero recaudado a escote entre los del tercero para arriba y la entrega solemne del apartamento de planta baja que el estatuto de la finca establecía como vivienda vinculada al cargo y que la comunidad, en un gesto de reconocimiento, había votado ceder en usufructo vitalicio.

Podía quedarse. En su casa. En su edificio. Entre sus vecinos.

El problema, el verdadero problema, fue que ya no tenía que hacer nada.

Treinta y un años de portería le habían estructurado la existencia con una precisión casi militar: abrir el portal a las siete, recoger el correo a las ocho, supervisar la limpieza a las nueve, recibir los pedidos a media mañana, resolver incidencias a la hora que hiciera falta. Una vida de pequeñas urgencias continuas que, sumadas, componían una existencia llena de propósito y de personas. Sin esa estructura, los días se le abrían como plazas demasiado grandes en las que no sabía dónde colocarse.

Su mujer, Remedios Cuerda, llevaba años con su propio ritmo —el curso de acuarelas del ayuntamiento, la asociación de mujeres del barrio, las tardes con la Conchi— y le recibió en casa con un guiso de lentejas y la advertencia cariñosa, pero firme, de que «iba a tener que encontrar sus propias cosas». Sus hijos, Justo hijo y Macarena, vivían en Madrid y llamaban los domingos. El galgo, Cancerbero, dormía dieciséis horas diarias con una eficiencia que don Justo admiraba y no podía imitar.

Y entonces llegó el sofá. Y el mando a distancia. Y Netflix. Y el documental sobre Ted Bundy que el algoritmo recomendó un miércoles lluvioso de marzo, con la precisión perversa que los algoritmos tienen para detectar el momento exacto de mayor vulnerabilidad.

Cuando Remedios apagó la luz del salón y dijo «Justo, que son las dos de la madrugada», él levantó un dedo sin apartar los ojos de la pantalla y murmuró algo sobre «patrones de comportamiento predatorio».

Así empezó todo.

— ✦ —

Lo que vino después siguió la lógica implacable de toda adicción: primero una serie, luego dos, luego un podcast para el paseo matinal con Cancerbero, luego un libro con notas adhesivas de colores, luego tres libros simultáneos con marcadores de colores distintos para cada tipo de subrayado. La vitrina del salón, que antes exhibía la vajilla de Remedios y la placa de latón, fue cediendo espacio a títulos que habrían inquietado a cualquier psicólogo:

La mente del asesino. Perfiles criminales para el siglo XXI.

Criminología aplicada: teoría y práctica forense.

Monstruos entre nosotros: el lado oscuro del crimen organizado en España.

Cómo detectar a un psicópata en tu entorno laboral.

Don Justo Severo, que en treinta y un años de portería había aprendido a leer a las personas mejor que la mayoría, descubrió con creciente agitación que el mundo estaba lleno de señales que él nunca había sabido interpretar correctamente. Que la maldad tenía patrones. Que los patrones podían leerse. Que él, precisamente él, con su experiencia en la observación de la conducta humana, estaba en una posición privilegiada para leerlos.

La portería había sido su atalaya. El sofá se convirtió en su academia.

Nadie advirtió a tiempo lo que estaba ocurriendo, porque nadie advierte estas cosas hasta que ya es tarde y porque la familia, como los edificios bien construidos, suele aguantar más grietas de las que debería antes de pedir revisión.

— ✦ —

Los dos astros de su universo

En ese proceso de transformación, dos figuras vinieron a ocupar el lugar que en otros tiempos más sensatos habrían ocupado un presidente del club de petanca o el párroco del pueblo.

La primera fue Modesto Fama Cuesta.

Modesto tenía veintiocho años, una cámara de segunda mano, un micrófono de condensador comprado en oferta y una ambición desmesurada para el cuerpo que la sostenía. Su canal de YouTube se llamaba CRIMEN EN ABIERTO —tipografía en rojo sangre, que parece el único código tipográfico admitido en el género— y publicaba dos vídeos semanales sobre crímenes reales, históricos, actuales o directamente fabulados en sus conclusiones, siempre con la misma arquitectura: música inquietante de introducción, imágenes de archivo levemente perturbadoras, narración entrecortada de suspense artificial y una conclusión que rozaba la invención con la soltura de quien nunca ha sido demandado.

«Este crimen, amigos, huele a algo más grande. ¿Podría ser que las autoridades lo supieran? ¿Y si os dijera que la respuesta está donde menos os lo esperáis?»

Modesto no decía nunca dónde estaba la respuesta. La pregunta era el producto. Don Justo lo adoraba.

Tenía, en el momento en que nuestra historia comienza, ochenta y siete mil suscriptores, un Patreon con tres niveles de cuota y la certeza absoluta de que un canal de televisión llamaría pronto a su puerta. Mientras tanto, publicaba, monetizaba y especulaba sobre víctimas reales con la impunidad característica de quien opera en el espacio límite entre el periodismo y el entretenimiento, sin pertenecer del todo a ninguno de los dos y sin asumir las responsabilidades de ninguno de los dos.

La segunda fue Inés Perada Vuelta.

Inés era criminóloga de formación, doctora por la Universidad Complutense con una tesis sobre factores de riesgo en adolescentes y conducta antisocial y llevaba cuatro años produciendo, prácticamente sola y con presupuesto de andar por casa, un podcast llamado La Raíz del Asunto. En cada episodio —de entre cuarenta y setenta minutos, sin música de suspense, sin recreaciones dramáticas, sin preguntas retóricas sin respuesta— Inés explicaba con paciencia y rigor un fenómeno criminológico real: la influencia del entorno escolar en la conducta violenta, los sesgos cognitivos en la investigación policial, la victimización secundaria en los medios de comunicación, los protocolos de ciberseguridad para familias, la prevención del acoso entre iguales.

Su audiencia era fiel y pequeña. Sus patrocinadores eran una editorial académica y una asociación de víctimas. Nunca usaba imágenes de víctimas. Nunca especulaba sobre casos abiertos. Citaba las fuentes en la descripción del episodio. Y cuando hablaba de un crimen, hablaba primero de la persona. Siempre de la persona.

Don Justo la había encontrado buscando más contenido de Modesto y al principio la había descartado como «demasiado académica». Pero Inés tenía una voz que se instala. Una manera de explicar las cosas que hacía que el oyente sintiera que entendía algo verdadero sobre el mundo. Una forma de hablar de las víctimas —siempre personas, nunca personajes— que a don Justo le removía algo que no sabía nombrar del todo.

Con el tiempo, sin admitirlo, escuchó todos sus episodios. Incluso dos veces algunos.

En el universo mental que don Justo estaba construyendo, Modesto era la aventura y la emoción. Inés era la verdad y la virtud. Como don Quijote con Dulcinea: adorada, idealizada, transformada en símbolo de algo que el adorador no terminaba de articular.

La diferencia —que don Justo Severo no veía, pero el lector ya puede intuir— era que Inés sí existía. Y decía cosas verdaderas. Y si él las hubiera escuchado de verdad, en lugar de anotarlas para citarlas, nuestra historia habría sido mucho más corta.

— ✦ —

El cuaderno de campo

En algún momento de ese primer verano de jubilación —caluroso, infinito, con Cancerbero echado a la sombra de la higuera del patio y Remedios en su curso de acuarelas— don Justo empezó el cuaderno. Era un cuaderno  de tapa dura verde, comprado originalmente para apuntar las medidas del cuarto de baño que nunca reformó. En él comenzó a anotar casos, patrones, coincidencias significativas. Recortó noticias del periódico local. Imprimió capturas de pantalla de los vídeos de Modesto. Anotó con pluma de tinta azul —azul siempre, costumbre de las actas de la comunidad de propietarios— observaciones sobre comportamientos que le parecían «indicadores de riesgo» en su entorno cotidiano.

El vecino del cuarto izquierda, que recibía paquetes a horas intempestivas.

La furgoneta blanca aparcada tres días seguidos frente al portal.

El chico del bar que siempre pagaba en efectivo.

El cuaderno fue creciendo. La realidad fue encogiéndose.

Y don Justo Severo Recio, portero de finca jubilado, hombre de orden y de buen criterio reconocido por tres generaciones de vecinos, cruzó sin darse cuenta la frontera que separa al ciudadano atento del ciudadano obsesionado.

Al otro lado de esa frontera no había gigantes. Había molinos. Pero él ya no podía verlos.

CAPÍTULO I

Que trata del primer lance de don Justo Severo en defensa del orden del edificio y de lo que de ello resultó

La mañana del seis de octubre —día de San Bruno, patrono de los contemplativos, lo cual no deja de tener su ironía— don Justo Severo salió de su apartamento en planta baja con Cancerbero a la correa, el cuaderno verde en el bolsillo del chaleco y una determinación que llevaba días fraguándose.

La noche anterior había visto, en el canal de Modesto Fama Cuesta, un vídeo titulado «CÓMO OPERAN LAS BANDAS DE PUNTO FIJO EN BARRIOS RESIDENCIALES (y cómo detectarlas)». Setenta y dos minutos de narración entrecortada, gráficos de elaboración casera y conclusiones que iban de lo plausible a lo directamente novelesco. Don Justo lo había visto dos veces, tomando notas en su cuaderno.

Punto fijo: persona o vehículo que permanece en un lugar durante horas para observar los patrones de comportamiento de los residentes antes de cometer el delito. Primera fase de toda actuación profesional organizada.

La furgoneta blanca llevaba cuatro días en la misma esquina.

Eso, en el esquema mental que don Justo había construido pacientemente durante meses de consumo intensivo, no era una coincidencia. Era un patrón. Y los patrones, como le habían confirmado los documentales, los libros y las horas de podcast, no mienten.

Actuó con la cautela metódica que le había dado treinta y un años de portería. Primero observación. Rodeó la furgoneta dos veces con Cancerbero, aparentando el paseo matinal con la concentración disimulada de quien ha aprendido a no delatarse. Anotó la matrícula —M-4473-ZF, anotar matrículas era costumbre de las incidencias del edificio—, el color exacto (blanco roto, no blanco puro), la empresa que figuraba en el lateral.

Fontanería Hermanos Llorente. Desde 1987.

Don Justo frunció el ceño. Naturalmente. Las coberturas comerciales eran lo primero que establecía cualquier organización mínimamente profesional.

Se apostó en el banco del parque frente a la furgoneta con el pretexto de que Cancerbero necesitaba descansar. Cancerbero, que no necesitaba descansar en absoluto y miraba a su amo con la expresión perpleja que los galgos reservan para las conductas humanas incomprensibles, se tumbó de todos modos y cerró los ojos.

A los veinte minutos salió del portal del número doce un hombre de unos cuarenta años, mono azul de trabajo, caja de herramientas, que abrió la trasera de la furgoneta con toda la naturalidad del mundo, cogió un rollo de tubería de cobre y volvió a entrar.

Don Justo lo anotó en el cuaderno.

Cobertura activada. Sujeto usa mono como camuflaje. Demasiado natural para ser natural.

— ✦ —

La llamada al 062 fue a las once y cuarto de la mañana.

—Guardia Civil de Ciudad Real, ¿cuál es su emergencia?

—Les llamo para informar de la presencia de un vehículo sospechoso en la calle Alameda esquina con Cervantes. Furgoneta blanca, matrícula M-4473-ZF, cuatro días en el mismo punto. Indicios de vigilancia previa a posible robo organizado. Soy don Justo Severo Recio, treinta y un años de portero en el número catorce. Conozco el barrio.

—¿Ha observado algún comportamiento delictivo concreto?

—El comportamiento concreto es la permanencia sostenida en el mismo punto. Es un patrón de punto fijo. Si me permiten la observación, en los protocolos de detección temprana de bandas organizadas—

—Le tomamos nota, don Justo. Si observa algún hecho delictivo concreto, no dude en llamarnos. Buenas tardes.

Colgaron.

Don Justo miró el teléfono con la expresión de quien ha sido incomprendido y lleva tiempo acostumbrándose a ello. Anotó en el cuaderno:

Respuesta institucional insuficiente.

Subrayó insuficiente dos veces.

— ✦ —

Los Hermanos Llorente llevaban, efectivamente, cuatro días arreglando una tubería reventada en el segundo piso del número doce. El propietario, Anselmo Cardozo, jubilado de Correos y vecino de toda la vida, podría haberlo explicado en treinta segundos. Pero nadie se lo preguntó a Anselmo, porque a don Justo no se le ocurrió en ningún momento de su investigación que la explicación más simple pudiera ser la correcta. Los documentales no enseñan a buscar explicaciones simples. Los documentales enseñan a buscar lo que está oculto bajo la superficie de las explicaciones simples.

Lo supo Remedios esa tarde, cuando Anselmo la paró en el mercado.

—¿Tú sabes algo de eso? —preguntó Anselmo, con la cara de quien quiere entender, pero no quiere meterse.

Remedios Cuerda suspiró de una manera que contenía treinta años de matrimonio, una cantidad razonable de amor y una paciencia que estaba empezando a tener fecha de caducidad.

—Sé algo —dijo.

La Guardia Civil, siguiendo el número de la matrícula anotado por don Justo, había llamado al taller de fontanería. El taller les había explicado que estaban trabajando en el segundo del número doce. La Guardia Civil había llamado a Anselmo para verificar. Anselmo había colgado sin entender del todo qué había pasado, y esa tarde, cuando vio a Remedios en el mercado, le preguntó.

— ✦ —

Esa noche, mientras don Justo veía el nuevo episodio de Modesto —«TRES SEÑALES DE QUE TU VECINO PODRÍA SER UN DELINCUENTE»— Remedios se sentó en el sillón de enfrente y lo miró durante un momento largo.

—Justo.

—Un momento, Reme, que está en la parte de los patrones de conducta.

Remedios fue a la cocina y preparó una infusión de valeriana. Para ella. Se quedó de pie junto a la ventana mirando la calle Alameda, que a esas horas estaba vacía y tranquila como llevaba estando vacía y tranquila desde que ella tenía memoria y pensó que hacía falta tener muy ocupada la cabeza con otras cosas para no ver lo que tenía delante.

Había una ironía que en esa casa nadie verbalizaba del todo: durante treinta y un años, don Justo había sido la persona que mejor conocía ese barrio. Sabía quién vivía en cada piso, qué rutinas tenía cada familia, cuándo llegaba el correo y cuándo no, qué fontaneros eran de fiar y cuáles no. Ahora desconfiaba de todos, buscaba el crimen en las pantallas y lo encontraba en las furgonetas de los vecinos.

La portería había estado llena de vida. El sofá estaba lleno de miedo ajeno.

CAPÍTULO II

Del provechoso debate con su hija, de la charla en el colegio a la que nadie le había invitado y de los tres peligros que acechan a los menores en la red

Eran las diez de la noche del jueves cuando llamó Macarena. No era domingo, lo que en el código familiar significaba novedad. Macarena vivía en Madrid con su pareja y una hija de once años llamada Sofía, a quien don Justo quería con esa ternura tosca que los hombres de su generación nunca aprendieron a expresar directamente pero que asomaba en forma de turrones en Navidad y billetes de veinte en los cumpleaños.

—Papá, ¿tienes un momento?

—Para ti siempre. —Puso en pausa el episodio de “La Raíz del Asunto” que estaba escuchando. Ironía que no apreciaría hasta más tarde.

—Es por Sofía. Lleva semanas viendo vídeos en el móvil, cosas de crímenes reales, asesinatos, casos sin resolver. Al principio pensé que era una fase, pero tiene pesadillas y está muy nerviosa. No sé cómo le llega ese contenido. Tiene once años, papá.

Don Justo se incorporó en el sofá. Abrió el cuaderno.

—El problema central —dijo, con la gravedad de quien ha estudiado el asunto— es la normalización. Cuando una niña de once años ve ese tipo de contenido de manera repetida, su percepción del riesgo se dispara muy por encima del riesgo real. Se genera la espiral del miedo: hipervigilancia, ansiedad, problemas de sueño. Y en los casos más prolongados, una visión del mundo en la que cualquier desconocido es una amenaza potencial.

—Papá… ¿de dónde sacas todo eso?

—Leo mucho desde que me jubilé.

—Ya veo. ¿Y qué hacemos?

—Primero: control parental en el móvil. No es opcional, es higiene digital básica. Segundo: hablar con ella sin dramatizar, porque si conviertes la conversación en un interrogatorio, lo único que consigues es que lo oculte. Tercero: no confundas el problema con la curiosidad. La curiosidad por entender por qué las personas hacen daño es natural a su edad. El problema no es la pregunta, Macarena. Es el formato en que se responde esa pregunta. Hay una diferencia enorme entre un contenido que explica el contexto social de la violencia y un vídeo con música de terror y recreaciones dramáticas que convierte a las víctimas en personajes de ficción.

—¿Le recomiendas que siga viendo cosas de crímenes?

—Le recomiendo que canalice esa curiosidad hacia formatos que no la traumaticen y que estén supervisados. La diferencia está en si el contenido trata a las víctimas como personas o como material narrativo. Eso, Macarena, un adulto puede distinguirlo con entrenamiento. Una niña de once años, no. Y habla con el colegio. Los centros tienen protocolo de acompañamiento digital o deberían tenerlo. Si no lo tienen, pídelo.

—Oye, papá. —La voz de Macarena tenía algo que podría haber sido ternura—. Gracias. No esperaba este nivel.

—Treinta y un años viendo cómo vive la gente —dijo don Justo— algo se aprende.

Cuando colgó, volvió al episodio de Inés Perada Vuelta. Le quedaban doce minutos. Los escuchó con la pluma en la mano.

No se le ocurrió, en ese momento, que todo lo que acababa de explicarle a su hija —la distorsión del riesgo, la normalización de la violencia como espectáculo, la incapacidad de separar la representación de la realidad— era también aplicable a un jubilado de sesenta y dos años que llevaba nueve meses viendo series de crímenes cuatro horas al día y llamando al 062 por furgonetas de fontanería.

La lucidez, cuando conviene, siempre mira hacia afuera.

— ✦ —

De la charla en el colegio a la que nadie había invitado a don Justo Severo

Al día siguiente, buscando en internet más material sobre riesgos digitales para menores, don Justo encontró un cartel en la web del Ayuntamiento de Olmeda del Espino: Charla abierta. «Los menores en la red: riesgos, señales y prevención». Imparte: Inés Perada Vuelta, criminóloga. Colegio Virgen de las Nieves. Viernes, 18:00 h. Aforo limitado.

Inés Perada Vuelta.

Su Inés Perada Vuelta.

Don Justo leyó el cartel tres veces. Miró el reloj. Eran las cuatro y cuarto del viernes. Cogió el cuaderno verde, avisó a Cancerbero de que volvía pronto y salió.

El salón de actos del colegio Virgen de las Nieves tenía capacidad para unas ochenta personas y estaba ocupado en sus tres cuartas partes por madres, padres, algún abuelo y dos profesoras que tomaban notas en una tablet. Don Justo se sentó en la tercera fila, lado izquierdo, con el cuaderno abierto sobre las rodillas.

Inés Perada Vuelta tenía unos cuarenta años, voz sin urgencia y la costumbre de mirar a quien le habla con una atención que no se aprende, pero se reconoce. No tenía pantallas de presentación con tipografía roja. Tenía un micrófono de solapa, una botella de agua y tres ideas que quería que la gente se llevara a casa.

—Voy a hablarles de tres riesgos reales —dijo— que no son los que más aparecen en los medios, pero sí los que más afectan a los menores en su vida cotidiana. No voy a usar casos concretos. Los casos concretos tienen nombre, tienen familia y tienen un dolor que no nos pertenece. Voy a hablarles de mecanismos.

Mecanismos. Muy correcto.

— ✦ —

Primer riesgo: el grooming

El primero era el grooming: el proceso gradual mediante el cual un adulto construye una relación de confianza con un menor a través de internet, con el objetivo de manipularle, aislarle de su entorno y, en los casos más graves, de obtener imágenes de contenido sexual o establecer un contacto físico.

—Lo que hace peligroso al grooming —explicó Inés— no es que el adulto se presente como un peligro. Es exactamente lo contrario. Se presenta como un amigo, como alguien que entiende al menor mejor que su familia, que no le juzga, que está siempre disponible. El proceso puede durar semanas o meses. El aislamiento es gradual: primero pide discreción, luego genera secretos compartidos, luego hace que el menor sienta que si lo cuenta perderá esa relación especial. Las señales no son dramáticas. Son sutiles: un menor que de repente protege mucho su móvil, que cambia de humor al salir del colegio, que se vuelve reservado con su familia o que minimiza el tiempo que pasa en pantallas cuando sus padres están cerca.

—¿Y qué hacemos si sospechamos? —preguntó una madre en la segunda fila.

—Crear el espacio antes de que haya motivo para usarlo. No es una conversación de emergencia, es una conversación cotidiana. Los menores no acuden a sus padres cuando tienen un problema digital porque temen la reacción: que les quiten el móvil, que se enfaden, que no entiendan. Si la conversación sobre lo que pasa en internet forma parte de la vida normal de la familia, la probabilidad de que el menor hable cuando algo le incomoda es mucho mayor.

Espacio de confianza previo. No reacción, prevención. Aplicable también a entornos de edificio y comunidad.

— ✦ —

Segundo riesgo: el ciberacoso entre iguales

El segundo riesgo era el ciberacoso entre iguales: el acoso sostenido entre menores a través de dispositivos digitales, que puede incluir insultos, difusión de imágenes comprometidas, exclusión de grupos, suplantación de identidad o campañas de desprestigio coordinadas.

—La diferencia fundamental entre el acoso presencial y el digital —explicó Inés— es que el digital no termina cuando el menor llega a casa. Llega con él. Está en el bolsillo. Y el silencio de la víctima se sostiene sobre dos pilares que los adultos tendemos a subestimar: la vergüenza y la certeza de que nadie va a entender. Los menores que sufren ciberacoso, en una proporción muy alta, no lo cuentan. Y cuando lo cuentan, muchas veces la primera respuesta del adulto —»apaga el móvil», «no les hagas caso», «era solo una broma»— refuerza exactamente esa certeza de que nadie va a entender.

—¿Cuándo es acoso y cuándo es una tontería entre críos? —preguntó un padre desde el fondo.

—Cuando es sostenido, cuando hay intención de dañar y cuando genera en quien lo sufre un impacto real en su bienestar, en su rendimiento escolar o en sus relaciones sociales, es acoso. La intención del que lo hace importa menos que el efecto en quien lo recibe. Y la respuesta del entorno —familia y colegio actuando juntos— es el factor de protección más potente que existe.

— ✦ —

Tercer riesgo: el consumo de contenido violento por menores

El tercer riesgo era el que a don Justo Severo, de haber prestado un tipo diferente de atención, más le habría afectado personalmente: el consumo de contenido violento, criminal o perturbador por parte de menores y sus efectos sobre la percepción del mundo y el desarrollo del pensamiento crítico.

—El cerebro de un menor, especialmente entre los ocho y los catorce años, está en un proceso de formación de esquemas sobre cómo funciona el mundo —explicó Inés—. Cuando ese proceso se alimenta de manera repetida con contenido que presenta la violencia como espectáculo, que convierte el crimen en entretenimiento y que muestra a las víctimas como personajes de una historia emocionante, se generan dos efectos que conviven con aparente contradicción: por un lado, la normalización, que reduce la percepción del daño real; por otro, la hipervigilancia, que dispara la percepción del riesgo hasta niveles que no se corresponden con la realidad estadística. El resultado es un menor —y también un adulto— que al mismo tiempo siente que el crimen es emocionante y que está en peligro constante.

—El problema no es la curiosidad por entender el mal. Esa curiosidad es legítima y tiene larga tradición literaria, filosófica y científica. El problema es el formato en que se responde. Un contenido que trata de un crimen real, que nombra a una víctima real, que usa su historia como gancho emocional sin su consentimiento y sin el de su familia y que concluye con una pregunta sin respuesta para que el espectador vuelva mañana… ese contenido no satisface ninguna curiosidad. Genera dependencia.

Nadie en el salón habló durante dos o tres segundos.

Don Justo tenía el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno. No escribía.

Al terminar la charla, Inés se acercó a él —había reparado en él desde el principio, en ese hombre de cierta edad en la tercera fila que llenaba páginas con tinta azul— y le preguntó con naturalidad:

—¿Es usted docente?

—No. Portero jubilado. Don Justo Severo. Sigo su podcast.

—Me alegra que lo escuche. ¿Le es útil?

—Enormemente. Tomo notas de cada episodio.

—Me alegra. —Una pequeña pausa—. ¿Cuántas horas diarias consume usted contenido sobre criminalidad?

Don Justo abrió la boca. La cerró.

—Varía —dijo finalmente.

—Claro —dijo Inés, con la amabilidad de quien no necesita insistir porque la pregunta ya ha cumplido su función—. Buenas noches, don Justo Severo.

Don Justo salió del colegio con el cuaderno verde bajo el brazo y la pregunta de Inés caminando a su lado, incómoda y silenciosa como un vecino al que no sabes cómo saludar. No la anotó. Era la primera vez en meses que algo no terminaba en el cuaderno.

Pero tampoco la respondió.

CAPÍTULO III

Del entorno que habla o de cómo don Justo Severo descubrió el CPTED y lo convirtió en un mapa del terror

Tres días después de la charla de Inés, don Justo encontró el episodio.

Se llamaba «El espacio que previene: diseño urbano y reducción del delito» y era el episodio 47 de La Raíz del Asunto. Don Justo lo escuchó de pie en la cocina mientras desayunaba, luego volvió a escucharlo sentado en el despacho con el cuaderno abierto y al terminar la segunda escucha tenía doce páginas de notas y la certeza luminosa de que acababa de descubrir algo que cambiaba todo lo que pensaba sobre la seguridad de su barrio.

El concepto se llamaba CPTED: Crime Prevention Through Environmental Design. Prevención del delito mediante el diseño ambiental. La idea central era tan evidente que resultaba asombroso no haberla formulado antes con esas palabras: el entorno físico en que vivimos —la disposición de las calles, la iluminación, la visibilidad entre espacios, el mantenimiento de los edificios— no es neutro respecto al delito. El espacio puede facilitar o dificultar la conducta delictiva.

Inés explicaba los cuatro principios fundamentales. La vigilancia natural: diseñar espacios que permitan ver y ser visto, porque la visibilidad reduce la percepción de impunidad. El control natural del acceso: delimitar claramente los espacios públicos y privados. El refuerzo territorial: la apropiación del espacio por parte de la comunidad, que lo cuida y lo defiende como propio. Y el mantenimiento: porque un espacio deteriorado, con luces fundidas y mobiliario roto, envía la señal de que nadie vigila y de que las normas no se aplican.

Don Justo escuchó todo esto y sintió que treinta y un años de portería habían sido, sin saberlo, una práctica continuada de CPTED. Él había mantenido el portal. Había limpiado las pintadas en cuarenta y ocho horas. Había avisado al presidente de la comunidad cada vez que una farola del garaje llevaba más de una semana fundida. Había cuidado ese espacio porque lo sentía suyo.

Ahora tenía nombre para lo que había hecho durante tres décadas. Y tenía, sobre todo, una metodología nueva para aplicar al barrio.

— ✦ —

Lo que vino después fue inevitable dado el carácter de don Justo Severo, que nunca había conocido la moderación cuando tenía entre manos una idea que le parecía importante.

En el plazo de cuatro días elaboró un mapa del barrio. No un mapa cualquiera: un mapa de gran formato, impreso en la copistería de la plaza y pegado sobre una cartulina rígida que colgó en la pared del despacho. Sobre ese mapa, con rotulador rojo —rojo para los riesgos, azul para las observaciones, verde para las propuestas de mejora—, fue señalando cada elemento que, según su lectura del CPTED, representaba una vulnerabilidad.

La farola fundida en el callejón detrás de la ferretería: ángulo muerto nocturno, riesgo alto.

El seto de la entrada al parque municipal, que en verano alcanzaba los dos metros: obstáculo de visibilidad natural, riesgo medio-alto.

Los bancos del parque, colocados de espaldas al paseo principal: posición que dificulta la vigilancia natural, revisar diseño.

El portal del número veintidós, cuya luz del rellano llevaba fundida desde septiembre: señal de deterioro, efecto broken windows, riesgo creciente.

La zona de contenedores junto al colegio, sin iluminación propia después de las ocho: punto ciego en horario de actividad escolar, riesgo alto.

El mapa se pobló de rojo en tres días. Olmeda del Espino había dejado de ser el lugar tranquilo donde la gente había vivido sin sobresaltos durante treinta y un años. Ahora era una geografía del peligro con diecinueve puntos de intervención urgente. Una nota al margen interrogaba:

¿Sabe el Ayuntamiento lo que tiene aquí?

Modesto Fama Cuesta, a quien don Justo llamó con la excitación de quien ha encontrado material de primera, interpretó y montó su versión en video.

— ✦ —

El vídeo se publicó un martes por la mañana con el título «LOS PUNTOS NEGROS DEL CRIMEN EN TU BARRIO: cómo identificarlos» y una miniatura que mostraba el mapa de don Justo con los puntos rojos aumentados digitalmente para que resultaran más amenazadores.

El vídeo tuvo nueve mil visualizaciones en cuarenta y ocho horas.

El concejal de urbanismo del Ayuntamiento de Olmeda del Espino recibió dieciséis llamadas en dos días de vecinos preocupados. La directora del colegio Virgen de las Nieves llamó al ayuntamiento para preguntar si debían tomar medidas. Tres vecinos del número veintidós organizaron un grupo de WhatsApp de vigilancia nocturna que en su primera semana de actividad había identificado como sospechosos a un repartidor de pizza, al gato del quinto y al propio don Justo, que salía a las once a pasear a Cancerbero.

Remedios lo supo por la Conchi, que lo supo por la mujer del concejal.

—Justo —dijo Remedios esa noche, con una calma que don Justo reconoció como más peligrosa que la tormenta—. El CPTED que explica Inés habla de mejorar los espacios para que la gente se sienta segura. Tú has hecho un vídeo para que la gente se sienta en peligro. ¿Ves la diferencia?

Don Justo abrió la boca. La cerró. Abrió el cuaderno y escribió:

Revisar aplicación práctica del concepto. Posible desajuste entre teoría y comunicación.

Remedios recogió su labor y fue a la cama sin decir nada más. Sabía, con la sabiduría específica de quien lleva treinta años casada con un hombre terco, que la semilla estaba plantada. Tardaría en germinar. Pero estaba plantada.

Lo que don Justo no anotó en el cuaderno era que el CPTED no era una herramienta para señalar el peligro. Era una herramienta para construir seguridad. La diferencia entre las dos cosas no era semántica. Era la diferencia entre un barrio que se cuida y un barrio que se vigila. Entre una comunidad y un campo de sospecha.

Esa lección, don Justo Severo la aprendería. Pero todavía no. Todavía le quedaban muchos molinos por combatir.

El CPTED (Crime Prevention Through Environmental Design) es una metodología de prevención del delito reconocida internacionalmente. Sus principios —vigilancia natural, control de accesos, refuerzo territorial y mantenimiento— buscan reducir las oportunidades para el delito mediante decisiones de diseño urbano. No es una herramienta de vigilancia. Es una herramienta de convivencia.

Segunda parte: De las aventuras en campo y de la alianza con el escudero digital

CAPÍTULO IV

De cómo don Justo Severo conoció a Modesto Fama Cuesta en persona y de la alianza que de ello se derivó, con sus fundamentos, sus malentendidos y sus consecuencias aún por venir

CONTINUARÁ …

 

Esta obra es el resultado del trabajo creativo de sus autores. Para determinadas tareas de apoyo —como la organización de información, la estructuración de materiales y la asistencia en procesos de edición— se han empleado herramientas de inteligencia artificial. No obstante, la concepción, autoría, criterio y responsabilidad sobre los contenidos pertenecen exclusivamente a los autores humanos.

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