La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz en un ataque atribuido a Marruecos ha provocado una nueva escalada de tensión en el conflicto del Sáhara Occidental y ha vuelto a colocar al Gobierno español ante uno de los asuntos más delicados de su política exterior. El dirigente saharaui, considerado por numerosos observadores como uno de los posibles sucesores del actual líder del Frente Polisario, Brahim Gali, murió junto a otros dos combatientes en una operación realizada mediante drones cerca del muro defensivo que divide el territorio controlado por Marruecos y las zonas bajo influencia saharaui.
La acción ha generado una fuerte reacción en los campamentos de refugiados de Tinduf, en organizaciones de solidaridad con el pueblo saharaui y en sectores políticos españoles que consideran insuficiente la respuesta del Ejecutivo de Pedro Sánchez.
La importancia de la figura de Lahbib Mohamed Abdelaziz explica en gran medida la repercusión del suceso. Con apenas 37 años, era hijo del histórico dirigente saharaui Mohamed Abdelaziz, quien dirigió el movimiento independentista durante cuatro décadas, entre 1976 y 2016.
Formado en relaciones internacionales y con experiencia militar en las estructuras del Ejército de Liberación Popular Saharaui, había ido acumulando responsabilidades políticas y militares hasta convertirse en miembro del Secretariado Nacional del Frente Polisario y comandante de la brigada de reserva. Dentro de la organización era visto como una de las figuras emergentes de una nueva generación de dirigentes saharauis capaces de garantizar la continuidad política del movimiento.
Según la versión difundida por el Frente Polisario, el ataque se produjo cuando Abdelaziz se encontraba en una zona próxima al muro construido por Marruecos para controlar gran parte del territorio saharaui. La operación habría sido ejecutada mediante drones armados, una tecnología que Rabat utiliza de forma creciente desde la reanudación de las hostilidades en 2020, cuando se rompió el alto el fuego firmado en 1991 bajo auspicio de Naciones Unidas. Marruecos no ha confirmado oficialmente la autoría de la operación, aunque medios marroquíes han presentado el ataque como una acción militar contra responsables de operaciones armadas saharauis.
La muerte del dirigente ha sido interpretada por numerosos analistas como algo más que una simple acción militar. Diversas informaciones apuntan a que Abdelaziz era considerado uno de los posibles relevos generacionales dentro de la estructura del Polisario y un nombre con peso suficiente para aspirar a la dirección futura del movimiento.
Por ello, se considera que la operación tiene también una dimensión política y simbólica, al afectar a una figura que representaba la continuidad del legado de su padre y gozaba de apoyo en importantes sectores de la organización saharaui.
La coincidencia temporal con la visita del enviado especial de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, ha incrementado todavía más la repercusión internacional del incidente. De Mistura se encontraba en los campamentos de refugiados de Tinduf intentando reactivar unas negociaciones que atraviesan una situación de bloqueo casi permanente. El ataque ha sido interpretado por numerosos dirigentes saharauis como una demostración de la creciente dificultad para avanzar hacia una solución política negociada.
La Presidencia de la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática decretó tres días de luto nacional y presentó a Abdelaziz como un combatiente caído en defensa de la causa saharaui. En los campamentos de refugiados la noticia provocó una profunda conmoción, tanto por el peso simbólico de su apellido como por la percepción de que se ha perdido a uno de los dirigentes jóvenes con mayor proyección dentro del movimiento independentista.
Reacciones en España
Pero la repercusión política más inmediata se ha producido en España. El ataque ha reavivado las críticas contra la política del Gobierno español hacia Marruecos desde el giro diplomático de 2022, cuando Madrid respaldó el plan marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental. Desde entonces, numerosos colectivos saharauis, organizaciones de derechos humanos y partidos de la izquierda española han denunciado lo que consideran un abandono de la posición tradicional española respecto al derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.
Las críticas se han intensificado tras la ausencia de una condena pública inmediata por parte del Ejecutivo español. El delegado del Frente Polisario en España, Abdulah Arabi, denunció lo que calificó como un «doble estándar» del Gobierno. Según Arabi, mientras España condenó recientemente una acción militar atribuida al Polisario contra posiciones marroquíes, ahora guarda silencio ante una operación que ha costado la vida a tres miembros de la organización saharaui. El representante del Polisario considera que esta diferencia de trato refleja un cambio profundo en la política exterior española respecto al conflicto.
En este contexto han surgido también críticas desde el espacio político de Sumar. Diversos representantes y dirigentes vinculados a la formación han denunciado públicamente el ataque y han reclamado una reacción más firme por parte del Gobierno español. Entre las voces más activas se encuentra el eurodiputado Antonio Maíllo, integrado en el espacio político de Sumar, quien calificó la muerte de Abdelaziz y de los otros dos combatientes como una grave escalada en el conflicto y cuestionó el silencio institucional español ante unos hechos que considera extremadamente graves.

La situación vuelve a poner de manifiesto las contradicciones internas existentes dentro de la propia coalición gubernamental. Mientras el Ministerio de Asuntos Exteriores mantiene la línea diplomática inaugurada tras el acercamiento a Marruecos, numerosos dirigentes de Sumar, Izquierda Unida, Podemos, EH Bildu y otros grupos de la izquierda continúan defendiendo abiertamente el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui y exigen una rectificación de la política española hacia el conflicto.
El trasfondo de esta crisis es un conflicto que supera ya el medio siglo de duración. Tras la retirada española del Sáhara Occidental en 1975, Marruecos y el Frente Polisario iniciaron una guerra que se prolongó hasta el alto el fuego de 1991. Sin embargo, la ausencia de una solución definitiva y la imposibilidad de celebrar el referéndum de autodeterminación previsto por Naciones Unidas han mantenido abierto el enfrentamiento político durante décadas. Desde finales de 2020, tras la ruptura del alto el fuego, los enfrentamientos armados han regresado a diferentes puntos del territorio, aunque con una intensidad muy inferior a la de la guerra original.
La utilización masiva de drones por parte de Marruecos ha alterado significativamente el equilibrio militar sobre el terreno. Las fuerzas marroquíes disponen de una clara superioridad tecnológica y aérea, lo que ha permitido llevar a cabo operaciones de precisión contra objetivos saharauis en áreas próximas al muro defensivo. Para el Polisario, esta situación ha convertido el conflicto en una guerra cada vez más asimétrica, donde la capacidad de respuesta militar resulta muy limitada frente a las nuevas tecnologías empleadas por Rabat.
La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz representa, por tanto, mucho más que la pérdida de un mando militar. Para numerosos saharauis simboliza la desaparición de uno de los dirigentes llamados a liderar el movimiento en las próximas décadas. Para Marruecos, si se confirma la autoría de la operación, supondría la eliminación de una figura relevante dentro de la estructura político-militar del Polisario. Y para España, el episodio vuelve a situar sobre la mesa una cuestión históricamente incómoda: su relación con el antiguo territorio colonial, sus compromisos internacionales y el difícil equilibrio diplomático que mantiene con Marruecos.
Mientras continúan las reacciones políticas y diplomáticas, el ataque ha vuelto a demostrar que el conflicto del Sáhara Occidental dista mucho de estar resuelto. La guerra de baja intensidad iniciada en 2020 sigue activa, las negociaciones permanecen estancadas y la muerte de quien muchos consideraban un posible futuro líder saharaui amenaza con añadir un nuevo elemento de inestabilidad a una de las disputas territoriales más largas y complejas del mundo.



