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martes, julio 28, 2026

Maduro espera reclutar más de 4 millones de milicianos ante la llegada de los destructores de EE.UU.

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El gobierno de EE.UU. ha enviado una importante fuerza naval hacia el Caribe meridional, en las proximidades de las costas venezolanas. Esta flotilla incluye tres destructores con el sistema Aegis (USS Gravely, USS Jason Dunham y USS Sampson), un crucero con capacidad de misiles, un submarino nuclear de ataque y varias unidades de desembarco naval, con más de 4 000 marines involucrados. También se sumaron otros barcos como la USS Lake Erie.

Aunque el gobierno estadounidense asegura que esta operación se justifica como una misión contra el narcotráfico vinculado al Cartel de los Soles y otras organizaciones criminales, la magnitud del despliegue, que incluye armas ofensivas como misiles Tomahawk, ha generado suspicacias sobre posibles intenciones de cambio de régimen.

El gobierno venezolano ha respondido con una contraofensiva visual y operativa. Ordenó el despliegue de embarcaciones militares propias y un importante contingente de drones para patrullar las costas caribeñas, especialmente en aguas más septentrionales, dentro de su zona territorial.

Por su parte, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, anunció el desplazamiento de unos 15.000 efectivos hacia la frontera con Colombia para contener el narcotráfico y otras amenazas.

Simultáneamente, Nicolás Maduro hizo un llamado a la población a fortalecer la defensa nacional. Se inició un proceso de inscripción voluntaria en la milicia, con cifras oficiales que hablan de hasta 4,5 millones de milicianos convocados. Sin embargo, algunas fuentes externas consideran esa cifra inflada, dada la migración masiva y el descenso del apoyo popular.

Además, el gobierno informó que había desmantelado astilleros ilegales, presuntamente dedicados a fabricar semisumergibles para el tráfico de drogas hacia Europa y EE. UU.

Defensa diplomática e institucional

Venezuela ha elevado el conflicto al plano internacional mediante una carta a Naciones Unidas, denunciando la presencia estadounidense como una grave amenaza para la paz regional, pidiendo garantías claras de que EE. UU. no desplegará armas nucleares.

Imagen: Gobierno de Venezuela

Durante sus intervenciones televisivas, Maduro reafirmó la soberanía del país y negó de manera tajante cualquier capacidad de invasión estadounidense: “no hay manera de que entren a Venezuela”, afirmó. Rechazó además las acusaciones sobre narcotráfico, insistiendo en que Venezuela está libre de cultivos de coca y cocaína, a diferencia de su vecino Colombia.

Por su parte, el embajador venezolano ante la ONU pidió al secretario general António Guterres que instara a EE.UU. a cesar las acciones hostiles y respetar la integridad territorial de Venezuela.

La situación ha generado escasa emoción popular; muchas personas en las calles respondieron con escepticismo, viéndolo más como postura política y miedo inducido que como una amenaza tangible.

La oposición política, encabezada por figuras como María Corina Machado, celebró el despliegue estadounidense como un paso necesario contra la dictadura, aunque otros analistas advirtieron que se estaban aprovechando de las expectativas populares sin ofrecer bases reales para un cambio de régimen.

La retórica de los milicianos

En estos días, Maduro reforzó la narrativa de “defensa integral” reactivando a la Milicia Bolivariana y ordenando movimientos de tropas y blindados dentro del país. Imágenes difundidas por agencias mostraron transporte de tanques desde Valencia hacia el oriente el 27 de agosto de 2025, como parte de una “movilización” posterior al anuncio de los tres destructores de EE.UU.

Aunque el oficialismo habla de millones de milicianos registrados, los partes públicos verificables priorizan capacidades de vigilancia costera y presencia en pasos fronterizos más que formación de unidades convencionales; la cifra operativa citada con más consistencia es el envío de los citados 15.000 efectivos a zonas sensibles, incluyendo la frontera con Colombia, para “control antitráfico y seguridad”.

En clave militar, el énfasis está en lo que se conoce como disuasión asimétrica, es decir, control de litoral, puestos de observación y retenes, y en el uso de milicia como multiplicador de presencia en la retaguardia más que como fuerza de choque.

El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, anunciaba en paralelo la semana pasada un “despliegue significativo de drones” y patrullaje con buques a lo largo del litoral Caribe, con “embarcaciones mayores más al norte” dentro de aguas jurisdiccionales. Ese vector de drones cumple tres funciones: vigilancia marítima (detección de firmas térmicas y rutas de lanchas rápidas), reconocimiento de largo alcance sobre el arco La Guaira–Paraguaná–Golfo de Venezuela, y apoyo a mando y control para coordinar a la Armada con la Guardia Costera.

La literatura oficial lo vincula además a la interdicción del narcotráfico y a la destrucción de astilleros clandestinos de semisumergibles, una línea que Caracas enfatiza para responder al marco jurídico estadounidense de “operación antidrogas”. En paralelo, EE.UU. incrementó medios: el crucero USS Lake Erie cruzó el Canal de Panamá el 30 de agosto, sumándose a los tres destructores Aegis y un submarino de ataque ya reportados; Washington sostiene que el foco es interdicción de carteles, pero reconoce que la presión sobre Maduro es un “beneficio” político adicional.

Para Venezuela, esta combinación obliga a mantener alerta aeronaval y rutas de patrulla escalonadas de costa afuera a costa adentro, con drones como sensor barato y persistente.

Puertas adentro, el Ejecutivo ha tejido tres capas narrativas. En primer lugar la soberanía y anti-invasión: «No hay manera de que entren a Venezuela”, dijo Maduro en intervenciones televisadas. En segundo lugar, la seguridad ciudadana, en batalla contra el narcotráfico y las “rutas del norte”. Por último, la unidad cívico-militar, con ejercicios mediáticos y actos en cuarteles para exhibir cohesión.

No obstante, no hay señales de una invasión inminente por parte de EE.UU. y que el envío de miles de efectivos no se traduce en planes de desembarco, lo cual sugiere que Caracas emplea la crisis para recohesionar apoyos, disciplinar cuadros y elevar costos políticos a la oposición mientras endurece el control del orden público. Esta tensión controlada mantiene viva la movilización de base y justifica recursos extraordinarios para defensa y seguridad.

El vecindario no es monolítico. Ya ha habido respaldo público de varios países del Caribe y de gobiernos afines a Washington a la interdicción antidrogas, mientras que Cuba y aliados tradicionales de Caracas denunciaron “pretextos” y militarización del Caribe. En Hispanoamérica, las posiciones oscilan entre los llamamientos a la desescalada y los apoyos tácticos a la cooperación antinarcóticos, reflejando intereses comerciales, energéticos y electorales. Este mosaico indica que la apuesta de Caracas, en lo regional, es reforzar alianzas políticas tradicionales y explotar fisuras entre seguridad y soberanía en foros multilaterales.

 

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