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miércoles, julio 29, 2026

Trump releva a Putin en su influencia sobre Siria

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Ahmed al‑Sharaa, quien tras la caída del régimen de Bashar al‑Assad en diciembre de 2024 se convirtió en presidente de la nueva Siria, se presentó en la Casa Blanca esta semana para entrevistarse con Donald Trump. Este viaje marcó la primera visita de un presidente sirio al despacho oval desde la independencia de Siria en 1946.

Al-Sharaa no es un líder cualquiera: tiene un pasado ligado al yihadismo. Dirigió la formación Hayʾat Tahrir al‑Sham (HTS), anteriormente afiliada a al‑Qaʿida, en la que asumió liderazgos con el nombre de guerra “Abu Mohammed al-Jolani”. Esto hace que la reunión sea mucho más que diplomática, pues representa una enorme transición en la política de Oriente Medio, en la relación entre Estados Unidos y Siria, y en la forma de ver, y legitimar, a actores que hasta hace poco eran proscritos o considerados terroristas.

Durante la reunión, los puntos principales fueron el levantamiento de sanciones. EE.UU. extendió una exención de sanciones para el régimen sirio y se abrió la puerta a una remoción permanente del programa sancionador conocido como “Caesar Act”. Siria solicitó y obtuvo un paso institucional hacia la normalización. Por ejemplo, Al-Sharaa y su delegación firmaron el ingreso de Siria a la coalición liderada por EE.UU. contra Estado Islámico (EI) como miembro nº 90.

Imagen: Casa Blanca

El hecho de que EE.UU. reciba en el más alto nivel a Al-Sharaa es un reconocimiento tácito de que el actor ha cambiado de estatus o, al menos, que EE.UU. está dispuesto a revisarlo. Todo un acto de realpolitik: sacrificar principios anteriores de dirigir contra ciertos grupos terroristas para lograr una estabilidad mayor o un fin pragmático. Este paso no solo afecta a Siria-EE.UU., sino que tiene ramificaciones para Turquía, Rusia, Irán e incluso para la cuestión israelí y palestina. Siria entra de nuevo en la mesa diplomática internacional.

¿Por qué reconocer a un ex-líder yihadista?

Este es el elemento que requiere mayor análisis. Varios factores explican por qué EE.UU. y occidente estarían dispuestos a hacer esta “apertura”. Al-Sharaa ha buscado presentarse como un líder que ha dejado atrás su pasado de combate radical. Documentos recientes señalan que HTS se distanció de al-Qaʿida, que Al-Sharaa ahora gobierna como presidente bajo otro estatus, que su liderazgo representó el final del régimen de Assad. Desde este punto de vista, el reconocimiento podría entenderse como una recompensa por “caminar hacia la responsabilidad internacional”.

La lucha contra EI, el Estado Islámico, el manejo del conflicto sirio de décadas, y la búsqueda de estabilidad regional pueden haber llevado a EE.UU. a revalorizar alianzas. Cuando un actor que antes era enemigo puede aportar al fin de intereses comunes (tranquilidad fronteriza, combate al yihadismo más radical, reconstrucción, etc.), el “coste” de legitimar su pasado se vuelve aceptable. La decisión parece guiada por la lógica de que “el enemigo de mi enemigo” puede convertirse en socio.

A todo esto, abrir Siria al sistema internacional y levantar sanciones abre la puerta a inversiones, reconstrucción, influencia en Oriente Medio. EE.UU. se asegura una posición privilegiada en la fase post-guerra de Siria, limita la influencia de rivales (Irán y Rusia) y además presenta una narrativa de “rehabilitación”.

En suma, reconocer al exlíder yihadista también envía señales a otros grupos sobre que existe un camino de salida si cambian de conducta. Puede usarse como incentivos para la rendición, integración o moderación de otros insurgentes.

Riesgos, contradicciones y críticas

Con todo, este movimiento no está exento de tensiones internas y externas. Al-Sharaa fue objeto de una recompensa de 10 millones de dólares por EE.UU. cuando formaba parte de grupos calificados como terroristas. ¿Cómo justifica EE.UU. el reconocimiento sin que haya un tribunal o rendición completa de cuentas por crímenes de guerra, violaciones de derechos humanos o terrorismo?

Por ejemplo, Israel expresó reservas ante la normalización con Siria dado su pasado y la proximidad con Irán y grupos proiraníes. Esta política puede generar tensión en las alianzas tradicionales. La transformación de HTS y de Al-Sharaa podría ser superficial: mantener estructuras antiguas, legitimarse para obtener beneficios, pero sin reformas profundas internas que garanticen derechos humanos, pluralismo o control del extremismo.

En este sentido, si la normalización se hace demasiado rápido sin condiciones de verificación, podría reactivar grupos yihadistas que se sientan impulsados o legitimados por este gesto. En Siria, no hay que olvidar, millones de desplazados, víctimas de guerra y juicios pendientes observan cómo antiguos combatientes extremistas son elevados al estatus de interlocutores internacionales sin haber rendido cuentas. Esto puede generar resentimiento y resentimiento social.

Interpretación estratégica: ¿qué hay detrás del cambio?

Desde una óptica de análisis, lo que está ocurriendo responde a una lógica en la que EE.UU., y en general Occidente, prioriza el final de una era de aislamiento de Siria y el reordenamiento del tablero del Levante. Algunas claves para entenderlo es que, tras más de una década de guerra civil, sanciones y falta de interlocución, EE.UU. parece admitir que una Siria completamente paria era más un festín para los adversarios que una herramienta para estabilidad. El reconocimiento de Al-Sharaa marca la aceptación de que hay que “entrar en el juego” y redefinir los términos.

Imagen: Casa Blanca

Al integrar a Siria en la coalición antiextrema y en diplomacia internacional, EE.UU. crea una palanca sobre Damasco para exigir cooperación, abrir espacio para sus intereses, y limitar la influencia de Rusia/Irán. En política internacional, los actores cambian. Lo que ayer fue terrorista puede mañana ser estabilizador si interesa. Esta transición, aunque moralmente problemática, es funcional para la diplomacia contemporánea.

Otros países ven que EE.UU. está dispuesto a abrir la puerta al “velado cambio”. Esto puede incentivar que movimientos armados busquen supuestamente “transformarse” para entrar en la política formal.

Pero, atención, EE.UU. no es un alma caritativa sin más. Siria requiere ingentes recursos para rehacer infraestructura, economía y tejido social. El primero que entre “legalmente” tendrá ventaja comercial, estratégica y simbólica. EE.UU. apuesta por ocupar ese espacio antes que perderlo.

Así que, la visita de Al-Sharaa a Washington es un hito simbólico, pero lo relevante estará en cómo se implementan los acuerdos: levantamiento de sanciones, apertura de embajadas, inversiones, cambios legales en Siria, cooperación real en seguridad. Que Al-Sharaa cumpla con control de milicias, rendición de cuentas de crímenes de guerra, transparencia en reconstrucción, neutralización de grupos terroristas, y que la normalización no sea una fachada para el statu quo es imprescindible para EE.UU.

De las imágenes en la Casa Blanca es de esperar una reacción de Irán, Turquía, Rusia o Israel, o no. En todo caso, si cualquiera se siente desplazado o engañado, puede generarse ruptura o conflicto indirecto.

 

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