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sábado, septiembre 12, 2026

Cómo Cuba se convirtió en exportador del terror para uso político

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¿Cómo llegó Fidel Castro a gobernar Cuba? El terrorismo, las acciones terroristas jugaron un papel esencial en el combate contra el régimen que finalmente derrocó. Ese mismo terror lo convirtió en arma política, de acuerdo con el análisis que se hace en informe “Las múltiples caras del terrorismo en Cuba”, recién publicado por CEU-CEFAS.

El trabajo constituye un exhaustivo análisis histórico y político sobre el papel del terrorismo y la violencia política en la historia contemporánea de Cuba. Elaborado por Matías Jove y John Suarez, el documento recorre desde los orígenes de la violencia política en la isla hasta la actualidad, subrayando la centralidad del terrorismo como herramienta de poder y control por parte del régimen castrista, así como su proyección internacional.

El informe arranca situando el fenómeno del terrorismo en Cuba antes de la Revolución de 1959, recordando que la violencia política no era ajena a la isla. Organizaciones como el ABC, fundado en 1931, recurrieron al asesinato, los atentados con explosivos y el terror para desestabilizar gobiernos y forzar cambios políticos. El asalto al Cuartel Moncada en 1953, liderado por Fidel Castro, marcó el inicio de una estrategia revolucionaria en la que el terrorismo urbano y la guerra de guerrillas se convirtieron en instrumentos centrales para alcanzar el poder.

El propio jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, Domingo René García Collado, reconoció que “esta Revolución se hizo a base de terrorismo”, y episodios como la explosión simultánea de cien artefactos en La Habana en 1957 ilustran la intensidad de la violencia empleada.

Tras el triunfo de la Revolución, el régimen cubano no solo consolidó el uso interno del terror, sino que lo exportó activamente. El informe detalla cómo, en los años sesenta, Cuba se convirtió en epicentro de la estrategia “foquista”, promoviendo la lucha armada y el terrorismo como vía de transformación política en América Latina, África y otras regiones.

Fidel Castro creó el Directorio de Liberación Nacional para coordinar el apoyo a movimientos insurgentes y terroristas, patrocinando actos en Venezuela, Panamá, República Dominicana y suministrando armas a grupos como el Frente de Liberación Nacional argelino.

La Conferencia Tricontinental de 1966 en La Habana reunió a más de 500 líderes revolucionarios de África, Asia y América, donde Castro defendió abiertamente el uso de las armas como camino hacia el poder. La alianza con la Unión Soviética fortaleció el aparato militar cubano, que llegó a ser uno de los más potentes del mundo, con presencia directa en conflictos de África y apoyo a regímenes y organizaciones como Argelia, Iraq, Libia, Siria, Granada y Nicaragua.

Cuba y el terrorismo internacional

El informe documenta la colaboración de Cuba con organizaciones terroristas internacionales, como la presencia de diplomáticos cubanos implicados en planes de atentados en Estados Unidos en los años sesenta, la colaboración con grupos palestinos como Al-Fatah y la acogida de miembros de ETA en los años ochenta. Cuba sirvió de refugio y centro de entrenamiento para terroristas de todo el mundo, desde el IRA hasta las Brigadas Rojas, y mantuvo una activa política de apoyo logístico, financiero y político a causas insurgentes y violentas.

Tras la caída del bloque soviético, el régimen cubano no abandonó sus vínculos con el terrorismo, sino que los adaptó a nuevas realidades, incluyendo el narcotráfico y el crimen organizado. El informe cita informes desclasificados de la CIA y procesos judiciales en Estados Unidos que vinculan a altos mandos cubanos con el Cartel de Medellín y otras redes criminales.

En la actualidad, según el informe, Cuba mantiene vínculos con organizaciones como Hamás y Hezbolá, ambas incluidas en la lista de grupos terroristas de la Unión Europea. Se documentan encuentros recientes entre diplomáticos cubanos y representantes de estos grupos en el Líbano, así como la presencia activa de Cuba en la región. El régimen cubano, lejos de renunciar a la violencia política, la ha integrado en su estrategia internacional, alineándose con actores contrarios a los valores democráticos occidentales y utilizando el terrorismo como herramienta de presión y supervivencia política.

El informe concluye que el terrorismo en Cuba ha evolucionado de ser un arma de guerra para tomar el poder a convertirse en una herramienta política y diplomática para sostener el régimen y proyectar su influencia global. El castrismo ha tejido una red internacional de alianzas con grupos insurgentes, terroristas y criminales, consolidando a Cuba como un nodo clave en las redes transnacionales de violencia y crimen organizado.

Los autores y el prólogo del informe insisten en la necesidad de que la comunidad internacional, y en particular la Unión Europea, reconozca el papel de Cuba como patrocinador del terrorismo. Se reclama la inclusión de Cuba en la lista de países que apoyan el terrorismo, como ya hace Estados Unidos, y se subraya la urgencia de una respuesta coordinada para frenar la impunidad del régimen y solidarizarse con el pueblo cubano, víctima durante décadas de un “terrorismo de Estado”.

El documento, a través de un análisis histórico y político detallado, invita a repensar la relación de Occidente con el régimen cubano y a no subestimar el impacto de décadas de violencia política, represión y exportación del terrorismo. La historia de Cuba, tal como la presenta el informe, es la de un país donde el terror ha sido tanto un instrumento de poder interno como una herramienta de influencia internacional, con consecuencias que aún hoy se dejan sentir en la geopolítica global.

Desde 1959 hasta la actualidad, el uso del terrorismo por parte del régimen cubano ha experimentado una evolución significativa, adaptándose a los cambios internos y al contexto internacional, pero manteniendo la violencia política como herramienta central de poder y proyección exterior.

Batista, el objetivo a batir

En los primeros años tras el triunfo revolucionario, el terrorismo fue empleado abiertamente como arma de guerra para tomar y consolidar el poder. El propio jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio reconoció que la Revolución se hizo “a base de terrorismo”, recurriendo a atentados, sabotajes y asesinatos selectivos para desestabilizar al régimen de Batista y, luego, para eliminar la resistencia contrarrevolucionaria en los primeros años de gobierno.

Durante los años 60, el régimen enfrentó una guerra civil interna con decenas de organizaciones urbanas y miles de alzados en zonas rurales, en la que la violencia política fue recíproca, pero el Estado cubano consolidó una maquinaria represiva eficaz, combinando represión policial con acciones encubiertas y terror selectivo.

A partir de mediados de los años 60 y durante las décadas siguientes, el uso del terrorismo por parte del régimen cubano se internacionalizó y sofisticó. Cuba se convirtió en un centro de entrenamiento, financiación y apoyo logístico para movimientos guerrilleros y organizaciones terroristas de América Latina, África, Europa y Oriente Medio. El régimen patrocinó y asesoró a grupos como el IRA, ETA, las Brigadas Rojas, y colaboró con organizaciones palestinas como Al-Fatah y más tarde con Hezbolá y Hamás, según documentan informes internacionales. La Conferencia Tricontinental de 1966 en La Habana fue un hito en la articulación de una red global de apoyo a la “lucha armada” y el terrorismo como vía de transformación política.

En el plano interno, tras la derrota de la oposición armada, la violencia política se transformó en represión sistemática y control social. El régimen cubano desarrolló un modelo totalitario basado en el monopolio del poder, la información y la economía, y en la ausencia de libertades civiles y políticas. La represión se ejerció a través de la vigilancia, la intimidación, el encarcelamiento y el exilio forzado de opositores, así como mediante la criminalización de la disidencia y la persecución de cualquier forma de protesta.

Con la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría, el régimen adaptó su estrategia, manteniendo la represión interna y los vínculos con redes internacionales de violencia, pero incorporando nuevas formas de colaboración con el crimen organizado y el narcotráfico, según informes desclasificados. En la actualidad, Cuba mantiene relaciones con grupos como Hezbolá y Hamás, y sigue utilizando el terrorismo y la violencia política como herramientas de presión y supervivencia, tanto a nivel interno como en su política exterior.

En síntesis, el terrorismo en Cuba ha pasado de ser un instrumento de guerra revolucionaria a convertirse en una herramienta política y diplomática, primero para consolidar el poder y luego para sostener el régimen y proyectar su influencia internacional, adaptándose a cada etapa histórica pero sin renunciar nunca a la violencia como recurso estratégico.

La relación entre Cuba y las organizaciones terroristas internacionales ha sido extensa, compleja y sostenida a lo largo de más de seis décadas. Desde los primeros años de la Revolución, el régimen cubano convirtió a La Habana en un centro de operaciones para la financiación, entrenamiento, provisión de armas e inteligencia a numerosos grupos armados y terroristas de América Latina, Europa, África y Oriente Medio. Entre los grupos que recibieron apoyo cubano destacan los tupamaros uruguayos, los montoneros argentinos, ETA, organizaciones palestinas y movimientos insurgentes de Colombia como el M-19 y el ELN.

Durante la Guerra Fría, Cuba fue clave en la articulación de redes internacionales de violencia política. Por ejemplo, militantes de ETA recibieron entrenamiento en Cuba desde 1964, aprendiendo tácticas de secuestro, sabotaje y subversión. El régimen también ofreció refugio y apoyo logístico a miembros de organizaciones terroristas buscados internacionalmente, incluyendo estadounidenses, españoles y colombianos. Además, Cuba colaboró estrechamente con otros estados considerados patrocinadores del terrorismo, como Irán, Corea del Norte y Siria, coordinando políticas y recursos para contrarrestar la influencia de Estados Unidos y sus aliados.

 

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