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miércoles, julio 29, 2026

Perro ladrador, poco mordedor (hasta lo de Irán): la política de plazos de Donald Trump

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

Durante sus primeros años en la Casa Blanca, Donald J. Trump hizo de los plazos una herramienta retórica central. A través de advertencias públicas, amenazas con fecha de caducidad y ultimátums lanzados desde su cuenta de Twitter (hoy X), luego en Truth Social, o en discursos improvisados, el expresidente convirtió la presión temporal en una forma de gobernar.

Sin embargo, una revisión de su primera presidencia, que parece replicar en esta segunda, muestra que muchos de esos plazos sirvieron más como espectáculo político que como preludio de acciones concretas. La narrativa del “hazlo antes de que sea tarde” se repitió con frecuencia, pero rara vez se tradujo en el cumplimiento de las consecuencias anunciadas.

Uno de los ejemplos más notorios fue la estrategia que aplicó hacia Corea del Norte en 2017. En un clima de tensión nuclear creciente, Trump advirtió al régimen de Kim Jong-un con “fuego y furia como el mundo nunca ha visto” si no cesaban sus pruebas de misiles. El lenguaje beligerante escaló hasta amenazas directas de acción militar, y se llegó a hablar de un supuesto “plazo” tácito para que Pyongyang frenara sus ensayos.

Sin embargo, pese a que Corea del Norte continuó con sus pruebas, no hubo represalias militares. Por el contrario, la amenaza dio paso a encuentros históricos, como la cumbre de Singapur en 2018. La transición del apocalipsis verbal al apretón de manos evidenció cómo los plazos de Trump podían evaporarse sin dejar huella tangible.

Otra área donde los plazos fueron una constante fue la guerra comercial con China, retomada en esta segunda legislatura. Trump impuso entonces una serie de tarifas arancelarias bajo la promesa de que, si Beijing no renegociaba los términos comerciales, se implementarían rondas adicionales de sanciones. Reiteradamente, fijó fechas específicas para aumentar aranceles, aplicar restricciones tecnológicas o incluso romper acuerdos. No obstante, muchos de esos anuncios terminaron por diluirse o posponerse.

Por ejemplo, en varias ocasiones se fijaron fechas para imponer nuevas tarifas a productos electrónicos, pero esas fechas fueron retrasadas, canceladas o modificadas a último momento, generalmente por temor al impacto económico interno en Estados Unidos, especialmente en sectores agrícolas y tecnológicos.

En política migratoria, Trump también usó el plazo como amenaza. A principios de 2019, amenazó con cerrar por completo la frontera con México si el gobierno del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador no detenía el flujo migratorio. Puso una fecha límite de una semana para ver “acciones concretas”. Esa advertencia fue reiterada varias veces a lo largo de meses, pero nunca se concretó un cierre total.

En su lugar, se llegó a acuerdos bilaterales que incluían el despliegue de la Guardia Nacional mexicana en el sur del país y la implementación del programa “Quédate en México”. Los plazos vencieron, pero el cierre radical de la frontera, uno de los gestos más extremos que un presidente estadounidense podía ejecutar, jamás se ejecutó.

El retiro de las tropas estadounidenses de Siria también estuvo marcado por plazos inciertos. En diciembre de 2018, Trump anunció que las tropas se retirarían “de inmediato”, generando preocupación en el Pentágono y entre aliados internacionales. El anuncio fue recibido como una decisión definitiva, con un plazo inmediato, pero en la práctica, el repliegue se demoró durante meses y fue parcial. La confusión fue tal que provocó la renuncia del entonces secretario de Defensa, James Mattis, y dejó a los kurdos —aliados clave de Estados Unidos en la lucha contra el Estado Islámico— en una posición vulnerable. Nuevamente, el plazo prometido como una acción decisiva no se cumplió como se esperaba.

En el contexto nacional, uno de los episodios más ilustrativos del uso fallido del plazo fue su amenaza de enviar tropas federales a las ciudades gobernadas por demócratas durante las protestas de 2020 tras el asesinato de George Floyd. Trump dio 48 horas a varios gobernadores y alcaldes para “controlar las calles” o, de lo contrario, desplegaría la Guardia Nacional o incluso el ejército. Aunque sí hubo intervenciones federales limitadas —como en Portland, Oregón—, la amenaza generalizada de militarización no se cumplió en la mayoría de los casos. Las advertencias sirvieron más para reforzar su imagen de “ley y orden” de cara a la campaña electoral que para establecer una política concreta con tiempos ejecutivos claros. Algo similar ha ocurrido ahora con las protestas en Los Ángeles.

También en materia de relaciones internacionales, su política hacia Irán estuvo plagada de plazos que funcionaban como amenazas. En múltiples ocasiones, advirtió que si Irán no se “comportaba”, se enfrentarían a una respuesta militar “rápida y decisiva”. Tras la retirada unilateral del acuerdo nuclear en 2018, Trump prometió sanciones “cada vez más duras” en ciclos mensuales si Teherán no volvía a la mesa de negociación bajo sus términos.

Aunque impuso sanciones, la amenaza de acción militar directa —que pareció inminente tras el asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020— nunca se materializó en una guerra abierta, pese a las múltiples advertencias con fechas insinuadas. Ahora Trump se daba hace unos días dos semanas para estudiar si intervenía o no finalmente contra Irán, lo que ya desencadenó cierta ruptura entre las filas conservadoras. Pero el bombardeo en suelo de Irán ha sido una excepción en toda regla. Probablemente, la advertencia formaba parte de una estrategia de despiste que, quién sabe, podría reproducirse para el resto de casos, en adelante.

Tampoco en casa se cumplieron las amenazas anunciadas

Volviendo a lo que era habitual hasta ahora, en el plano legislativo interno, Trump también fue proclive a anunciar plazos para acciones del Congreso que muchas veces no se materializaron. Durante los debates sobre la derogación del “Obamacare”, presionó al Senado para que aprobara su sustitución “antes del receso de verano” de 2017. El plazo no se cumplió.

El Congreso, incluso con mayoría republicana, no logró el consenso necesario, y la amenaza política se diluyó. En temas presupuestarios, también impuso plazos que, al no cumplirse, terminaron derivando en cierres parciales del gobierno (shutdowns), pero en muchos casos fueron parte de estrategias negociadoras fallidas.

Al observar en conjunto estas tácticas, se puede trazar un patrón claro: Trump utilizaba los plazos no como indicadores de una planificación realista, sino como instrumentos de presión y espectáculo. Los anunciaba con fuerza y urgencia, a menudo desde plataformas improvisadas, pero con una escasa intención de seguimiento o cumplimiento. En el universo Trump, el plazo era (es) más bien un recurso teatral: una cuenta regresiva que mantenía en vilo a la opinión pública, reforzaba su imagen de hombre de acción, y desviaba la atención mediática de otros frentes.

Para muchos analistas, esta forma de operar no es un accidente, sino una parte integral de su estilo de liderazgo: caótico, centrado en el momento, y guiado por la narrativa más que por la gestión. Los plazos, en este sentido, son la versión temporal de su estrategia del “arte de la negociación”: ofrecer más de lo que se puede cumplir para luego rebajar la expectativa sin asumir un verdadero costo político. Sin embargo, con el paso del tiempo, la repetición de estas amenazas no cumplidas fue erosionando la credibilidad de su palabra, tanto en el escenario doméstico como en el internacional.

En resumen, la presidencia de Donald Trump estuvo marcada en la primera legislatura por una serie constante de advertencias con fecha límite, de plazos lanzados al aire con tono definitivo, que rara vez concluyeron con la acción que prometían. En muchos casos, esas amenazas sirvieron más para movilizar a su base o controlar la narrativa mediática que para cumplir objetivos estratégicos. Los relojes de Trump marcaron la hora del espectáculo, pero no siempre la de la política efectiva. Ahora, esta segunda etapa de su gobierno, se reproducen los mismos esquemas, procesos y mecanismo.

2025: la segunda presidencia y la persistencia de la política del ultimátum

El regreso de Donald Trump a la presidencia en enero de 2025 reactivó muchas de las prácticas comunicativas que marcaron su primer mandato. Si bien el panorama global y nacional ha cambiado, el expresidente —ahora nuevamente jefe de Estado— continúa haciendo de los plazos una herramienta de poder más discursiva que ejecutiva. Las advertencias con fecha límite, las amenazas condicionales y los relojes imaginarios que generan tensión han vuelto a ocupar titulares, aunque con resultados similares a los de su primera gestión: muchas veces no se concretan en acciones reales.

Uno de los primeros episodios que ilustró esta continuidad fue su anuncio, apenas semanas después de asumir el cargo, de que «cerraría totalmente la frontera sur si el Congreso no aprobaba fondos para su nueva estrategia migratoria» antes de marzo de 2025. Trump dio un plazo de 60 días y advirtió que habría una “acción sin precedentes” si no obtenía la financiación necesaria para ampliar el muro fronterizo y militarizar los cruces clave.

El plazo venció sin que el Congreso —dividido entre una mayoría republicana en la Cámara de Representantes y una mayoría demócrata ajustada en el Senado— aprobara el paquete. Sin embargo, no hubo cierre fronterizo ni medidas extraordinarias: se optó por una ampliación limitada del personal fronterizo, negociada con la oposición, y el ultimátum desapareció de su discurso sin mayores explicaciones.

En política internacional, Trump ha reanudado su confrontación con Irán bajo una retórica aún más severa. En abril de 2025, tras incidentes con buques estadounidenses en el estrecho de Ormuz, el presidente anunció que daba “una semana” para que Irán “cesara toda actividad hostil en la región o enfrentaría consecuencias devastadoras”. Varios analistas interpretaron la advertencia como un paso hacia una intervención militar, pero, como ocurrió en su primer mandato, el plazo venció sin acción concreta. La administración optó por sanciones económicas puntuales y declaraciones diplomáticas, mientras las tensiones continuaban sin una escalada real. La promesa de una respuesta “fulminante” se diluyó, nuevamente, en el tiempo.

Uno de los escenarios más simbólicos de la dinámica de plazos en 2025 ha sido la amenaza de imponer sanciones comerciales a la Unión Europea si no se renegociaban ciertos acuerdos sobre subsidios industriales. Trump dio un plazo de 90 días, que vencía en junio de este año, para “recuperar la equidad para los trabajadores estadounidenses”. Aunque hubo rondas de diálogo, no se concretaron nuevas tarifas ni bloqueos comerciales. El lenguaje del ultimátum fue reemplazado por un tono más técnico desde el Departamento de Comercio, y las medidas anunciadas como inminentes siguen en espera o han sido directamente archivadas.

En el frente interno, el tema del aborto ha sido otro terreno en el que Trump ha recurrido a la lógica de plazos y advertencias. Luego de que varios estados demócratas aprobaran leyes que garantizan el derecho al aborto tras la anulación de Roe v. Wade, Trump anunció en febrero que daría al Congreso hasta el verano para aprobar una legislación federal que “ponga orden” y limite el acceso a la interrupción del embarazo.

Aunque la medida tenía poco margen legal y político, el plazo generó semanas de cobertura mediática y tensión social. Para junio de 2025, el Congreso no ha actuado en ese sentido, y la amenaza de acción ejecutiva o de intervención judicial por parte del gobierno federal no se ha materializado.

Otra promesa con cronómetro ha sido la de “acabar con el crimen urbano” en ciudades como Chicago, Nueva York y Los Ángeles. Trump prometió un “plan federal masivo de seguridad” si los alcaldes no mostraban “resultados contundentes” en cien días. Al vencerse el plazo, no hubo despliegue nacional ni nuevas legislaciones. De hecho, el propio Departamento de Justicia ha reconocido que las competencias en seguridad urbana son limitadas para el Ejecutivo federal. Pese a eso, el discurso del plazo —la amenaza de intervenir si no se cumple— sigue vigente como un mecanismo de presión simbólica.

La reciente amenaza contra universidades estadounidenses por supuestas prácticas “antisemitas” o “antiamericanas” en el contexto del conflicto Israel-Palestina también se inscribe en esta lógica. Trump declaró que retiraría fondos federales a varias instituciones si no implementaban medidas de control “en un plazo de 30 días”. La comunidad académica reaccionó con protestas y litigios, y el plazo venció sin que se haya ejecutado ningún recorte real, más allá de la apertura de investigaciones que aún están en curso.

Al igual que en su primer mandato, la constante ha sido la transformación de los plazos en gestos de poder más que en herramientas de gestión. Las fechas límite funcionan como recursos escénicos: crean tensión, ocupan la agenda mediática y transmiten la idea de que hay un liderazgo firme dispuesto a actuar. Pero, en la práctica, muchas de las advertencias no sobreviven al calendario que las contiene.

En esta segunda presidencia, sin la presión de buscar la reelección, Trump parece más libre para operar en clave simbólica, pero también más expuesto a críticas por la falta de concreción. Su estilo ha mostrado consistencia: vuelve a utilizar el lenguaje de la amenaza temporal, del ahora o nunca, del “ya basta” con reloj de arena. Sin embargo, la reiteración de plazos vencidos y amenazas no cumplidas puede estar debilitando la capacidad de su palabra para movilizar resultados reales.

Trump no ha abandonado su viejo libreto. Al contrario, lo ha actualizado para una audiencia que ya conoce el desenlace probable: advertencias que llegan con estruendo y se disuelven en el eco del tiempo. La política del plazo en 2025 sigue viva, pero cada vez más desnuda de consecuencias reales.

Ucrania, Putin y la cuenta regresiva que nunca termina

Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Donald Trump ha retomado la guerra en Ucrania como un eje central de su política exterior. Sin embargo, lejos de ofrecer un enfoque coherente o basado en alianzas estables, su estrategia ha estado marcada por una serie de advertencias dirigidas a Moscú, muchas veces acompañadas de plazos explícitos o implícitos, que terminan por disiparse sin cumplir lo prometido.

La lógica del ultimátum, tan característica de su estilo, se ha aplicado también al conflicto más prolongado y sangriento de Europa en las últimas décadas. Y al igual que en otros frentes, los relojes puestos por Trump en dirección a Putin rara vez han sonado.

Uno de los primeros ejemplos se produjo en febrero de 2025, cuando Trump declaró públicamente que si Rusia no aceptaba “en 30 días” abrir negociaciones serias con Ucrania y comenzar una retirada parcial del este ocupado, “Estados Unidos reevaluaría por completo su postura de contención y neutralidad”. El mensaje parecía una advertencia de endurecimiento, aunque confuso en sus términos: durante su campaña, Trump había afirmado que “pondría fin a la guerra en 24 horas” si llegaba al poder, dando a entender que podía lograr un alto el fuego rápido. Pero ya en funciones, sus plazos se dilataron y su tono osciló entre la amenaza a Putin y la crítica a Volodímir Zelenski por “no querer la paz”.

Cuando se venció el plazo de 30 días, no hubo reacción tangible. No se endurecieron las sanciones, no se activaron nuevos paquetes de ayuda, ni tampoco se formalizó ningún tipo de presión diplomática efectiva. Al contrario, lo que sí ocurrió fue un freno notable en la entrega de armas a Ucrania, justificado por Trump con el argumento de que no iba a “seguir escribiendo cheques en blanco”. Ese cambio fue interpretado como una cesión indirecta ante Moscú, y sus amenazas de consecuencias para Rusia si no se abría al diálogo quedaron, nuevamente, sin efecto.

En abril, Trump redobló su narrativa de plazo al anunciar que, si Rusia no retiraba sus fuerzas de Járkov —una ciudad clave en el noreste ucraniano— en dos semanas, Estados Unidos “reconsideraría su postura de no intervención directa”. Muchos interpretaron esta frase como un giro geopolítico hacia una mayor implicación, pero fuentes del Pentágono aclararon rápidamente que no existía ninguna planificación para una intervención estadounidense. El plazo se agotó, Járkov siguió bajo asedio, y la advertencia quedó como un gesto vacío, más destinado a generar presión interna que a alterar el curso del conflicto.

Otro episodio significativo se produjo durante la cumbre informal de países de la OTAN celebrada en Varsovia en mayo de 2025. Trump, en una intervención unilateral ante la prensa, advirtió que “Putin tiene hasta el verano para demostrar que quiere la paz”. No especificó qué implicaría “demostrarlo” ni qué consecuencias seguirían si no lo hacía. El lenguaje fue vago pero enfático, una constante en su estilo. Desde entonces, no se ha anunciado ningún nuevo paquete coordinado con la OTAN, ni sanciones, ni planes de mediación realistas. El plazo de verano se ha convertido en una frase hueca, con más efecto mediático que diplomático.

La contradicción entre las advertencias y las acciones también se refleja en su actitud ambigua hacia Zelenski. Trump ha amenazado públicamente con cortar todo apoyo si Ucrania no se sienta “de inmediato” a negociar con Moscú, fijando “plazos de semanas” para tomar decisiones que, según él, pondrían fin al conflicto. Pero esos plazos han sido ignorados tanto por Kiev como por la comunidad internacional, y Washington, bajo Trump, no ha establecido ningún mecanismo concreto para forzar la negociación.

Mientras tanto, el Kremlin ha utilizado estos gestos ambiguos como una ventana de oportunidad. La falta de consecuencias tras los múltiples anuncios de Trump ha alimentado la percepción en Moscú de que la nueva administración estadounidense no tiene intención de involucrarse a fondo ni de coordinar con Europa una respuesta unificada. Las advertencias que se formulan desde Washington tienen fecha, pero no peso. El tiempo corre, pero no cambia nada.

En esencia, la guerra en Ucrania ha revelado una versión concentrada de la política de plazos de Trump: amenazas sin seguimiento, fechas límite sin consecuencias, advertencias que se agotan en sí mismas. El conflicto continúa, Putin avanza a su ritmo, y Trump sigue marcando tiempos como si el simple hecho de anunciarlos pudiera alterar la realidad. Pero en el campo de batalla, los relojes que importan son otros.

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