Estamos asistiendo a los estertores de la guerra de Ucrania, de la que, por fin, escuchamos —todavía lejanos— violines de paz. Los tambores de guerra sonaron allá por febrero de 2022, recién acabada la pandemia. A lo largo de estos tres años han sucedido muchas cosas. Hamás, imprudentemente, atacó a Israel (Irán atacó a Israel por banda terrorista interpuesta) el 7 de octubre de 2023, con el resultado ya conocido en Gaza, repercusiones en Líbano y, finalmente, la caída del régimen sirio. Asimismo, se produjeron los correspondientes varapalos a las cúpulas terroristas gazatíes y libanesas, por no citar las incursiones hebreas en territorio iraní, que prácticamente dejaron a Irán sin defensas antiaéreas.
En este tiempo, en Europa han ido cayendo, uno a uno, muchos de los gobiernos “de progreso”, alertados los ciudadanos, definitivamente, por los problemas reales: inmigración descontrolada, problemas de seguridad en casa, subidas de impuestos a cuenta de cambios climáticos repetitivos (cuatro veces al año: primavera, verano, otoño e invierno, como desde hace millones de años), obsesión por el medioambiente, palos a la agricultura, ganadería y pesca, y abandono de las buenas prácticas forestales. Esto último ha permitido la acumulación de abrojos en los cauces, la eliminación de presas y la falta de protección de los bosques contra el fuego, mediante el abandono de prácticas de seguridad, como ha sido la interposición de cortafuegos a lo largo de los siglos. Hemos tenido tiempo incluso de asistir a una catástrofe humanitaria en España a causa de una DANA, propiciada por estos “progresistas”, que descuidaron las medidas preventivas y no supieron acudir con rapidez con las paliativas y de protección.
Durante el período citado, muchas cosas han cambiado, y no la menor de ellas ha sido el cambio de presidencia en EE. UU. el 20 de enero de 2025. Biden-Harris y sus demócratas “woke” han caído en el barranco de la historia, y Donald Trump ha accedido a su segundo mandato con todas las ganas que tenía. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que esta efeméride marca un cambio de ciclo y de orden mundial, que ya venía tambaleándose desde hace mucho tiempo debido a numerosas meteduras de pata de los estadounidenses “woke” y los europeos “progres”.
Vamos a intentar enmarcar la guerra de Ucrania y su posible finalización en el contexto de los diversos factores intervinientes.
Trump y los Estados Unidos
Desde 2014, año de la invasión de Crimea por parte de Putin, Estados Unidos ha protagonizado períodos bochornosos en su política exterior, que podemos calificar como las habituales meteduras de pata norteamericanas, a las que nos tiene acostumbrados con su “hice lo que pude con buenas intenciones, pero las cosas salieron mal…”.
La primera presidencia de Trump tomó a EE. UU. en plena salida de los conflictos generados tras la caída de las Torres Gemelas en septiembre de 2001, lo que puso en marcha una dinámica de intervenciones que tardaron dos décadas en quedar atrás y, como de costumbre, sin los resultados esperados. Nada salió bien en relación con el Islam: ni Irak, ni las primaveras árabes, ni el control del terrorismo en Oriente Próximo, ni la entrada en Afganistán, cuyo desenlace, durante el mandato de Biden, nos hizo contemplar en directo una salida bochornosa del conflicto, de las que hacen época. Hasta 60.000 millones de dólares en material quedaron sobre el terreno, aprovechado por los nuevos señores: los talibanes.

Debido al estado de las cosas y a la bisoñez del nuevo dirigente, que no disponía de un partido unido y que estaba fuertemente influenciado por la cultura “woke”, Donald Trump se encontró gobernando en solitario, tanto contra las circunstancias como contra los suyos. En unas elecciones, las de 2020, de las más controvertidas de la reciente historia norteamericana, Donald Trump perdió.
Tras esa tumultuosa salida de la presidencia, Trump ha vuelto con redobladas ganas y más experiencia. Los cuatro años fuera del poder, la ascensión de China en todos los órdenes, la expansión desmesurada de la cultura “woke” y los despilfarros que esta conllevaba han servido para unificar al Partido Republicano en torno a un Trump que, sin duda, ha aprendido las lecciones de su primer mandato. Sus resultados han sido extraordinarios, y más de 74 millones de votantes han apoyado al republicano.
Su entrada en la presidencia ha supuesto un antes y un después. Ha irrumpido como un elefante en una cacharrería, demoliendo todo lo que encuentra a su paso y firmando 100 decretos el primer día de su estancia en el Despacho Oval, todos encaminados a poner orden en la casa de “tócame Roque” en que se había convertido la institución presidencial tras el advenimiento de la presidencia de Biden, un período que la historia acabará calificando como negro en la trayectoria de esta nación.
La guerra de Ucrania supuso un pingüe negocio de armas, del que la familia Biden, indultada por el citado presidente al terminar su mandato, ha sabido sacar tajada. Todo a costa del sufrimiento y la sangre del pueblo ucraniano, que cuenta con casi 10 millones de desplazados a otros países y una lista de muertos que aún está por contar. En el poco tiempo que lleva Trump en el poder durante este estreno de mandato, muchas cosas han cambiado, y no la menor de ellas ha sido el golpe brutal que el mandatario ha asestado al movimiento “woke”, al que está dejando en la cuneta al exhibir en público los desmanes de USAID, un complejo sistema de fondos de financiación exterior destinado, en teoría, a la ayuda humanitaria en otros países, pero que, en realidad, esconde orgías “woke” de todo tipo, salvo la ayuda humanitaria.
Este entramado ha sido descubierto y puesto sobre la mesa por Elon Musk y su equipo de jóvenes ingenieros informáticos, quienes están escudriñando los entresijos burocráticos del Estado americano con la intención de llevar a cabo recortes cifrados entre 1 y 2 billones (de los nuestros, de los de 12 ceros) del presupuesto de EE. UU.
Asimismo, este organismo tiene la intención de despedir a cientos de miles, si no millones, de empleados estatales. Otra “simpática” estadística encontrada por el bueno de Elon y su equipo es la del censo. Resulta que este registra 394 millones de personas con sus correspondientes números de la Seguridad Social. Esta diferencia de 60 millones sobre el censo real corresponde a personas que, supuestamente, tienen entre 90 y 150 años, algunas incluso nacidas antes de la independencia del país, con más de 250 años. La pregunta que emerge es: ¿qué uso se ha estado dando a este colectivo inexistente? Ahí pueden ustedes mismos imaginar todo lo que se les ocurra: pago de pensiones indebidas, inflado de listados censales aprovechados para votar a determinados candidatos… y los etcéteras que se les vengan a la cabeza.
Trump se ha rodeado de equipos preparados y cuenta con el respaldo de un vicepresidente de 40 años, James David Vance, abogado y veterano del Cuerpo de Marines, senador por Ohio desde 2023 y ahora presidente del Senado.
Este tándem se enfrenta a retos extraordinarios, a los que está plantando cara desde el primer minuto. La guerra de aranceles con Canadá, el desafío mexicano con el fentanilo y la inmigración ilegal, el choque con China por motivos militares, geoestratégicos, políticos, económicos y de influencia, y la patada a Europa por diversos motivos. Entre estos últimos se encuentran el movimiento progresista de muchos gobiernos europeos, de corte simbiótico con los “woke”; la guerra de aranceles; el incumplimiento de las obligaciones económicas en el seno de la OTAN; la irresponsabilidad, impotencia y división de los europeos en sus relaciones con Rusia y la guerra de Ucrania; y, no menos remarcable, el rechazo casi total de los medios subvencionados e influyentes de la UE a su figura.
Durante los últimos diez años, estos medios han ridiculizado a Trump, comparándolo con los peores dictadores de la historia y atacándolo sistemáticamente en los medios digitales a través de artículos y memes. Esta actitud ha generado en el presidente norteamericano un rechazo que pone en peligro la relación de más de un siglo entre Europa y los Estados Unidos de América.
De este modo, las prioridades de su gobierno sitúan en primer lugar a Israel, China, Irán, Corea del Norte, Rusia y la guerra de Ucrania, además de los citados países de su propio continente: México y Canadá. De Venezuela todavía no se ha escuchado nada. Esperemos que su diplomacia ya esté trabajando en ello. En cuanto a Europa, Trump cuestiona la presencia de EE.UU. en la OTAN y si nos apuran, la OTAN misma, demanda más inversión de los europeos en defensa y asegura que no habrá soldados norteamericanos de interposición en Ucrania si se alcanza la paz. Ha iniciado conversaciones con Rusia y Ucrania dejando al margen a los europeos y les ha gritado con contundencia: ya son mayores, organícense, defiéndanse.
El discurso del vicepresidente Vance en la cumbre de Munich de días pasados es un alegato contra las ingratitudes, contra la falta de libertades en los medios de comunicación, contra la dictadura de lo políticamente correcto, contra la cultura de la cancelación, contra el movimiento “woke” y contra la incapacidad perenne de Europa para cuidar de sí misma y de sus ciudadanos. Y esta vez las cosas van en serio.
Putin y Rusia
Putin es un señor que, en 1991, con 39 años, era teniente coronel del KGB y había hecho toda su carrera de servicio en la RDA, la antigua Alemania del Este del famoso muro de Berlín. Tras la caída de este, regresó a la URSS. Anatoli Sobchak, quien fue alcalde de San Petersburgo en la década de 1990, lo contrató para trabajar en el Ayuntamiento. Más adelante lo recomendó a Boris Yeltsin, ingresando en su equipo en 1996, siempre en tareas de seguridad, su profesión de toda la vida. Se desempeñó como director del Servicio Federal de Seguridad de Rusia y, luego, como secretario del Consejo de Seguridad antes de ser nombrado, en agosto de 1999, primer ministro con Yeltsin como presidente.

El 31 de diciembre, Boris Yeltsin renunció y se retiró, dejando como presidente interino a Putin, quien fue confirmado por los órganos de gobierno rusos como presidente efectivo cuatro meses después. Desde entonces, en la posición de presidente o en períodos intermedios como primer ministro, no ha abandonado el poder absoluto de Rusia, un régimen calificado como democratura: un modelo de dictadura con urnas, pero sin libertad de expresión, de medios de comunicación o de críticas. A lo largo de estos 25 años, ya sabemos cuántos opositores al titular han muerto por extrañas dosis de polonio o, más extrañamente todavía, en vuelos sin paracaídas desde ventanas de, como mínimo, un sexto piso. Esta democratura presidida por Putin se apoya en una casta emergente, los oligarcas, verdaderos testaferros del Señor de todas las Rusias, versión moderna de los zares tradicionales y de los mandamases rojos.
Occidente le ha reído las gracias a este “demócrata” durante muchos años, siempre que sus intervenciones se realizaran en dirección a Asia, en antiguas repúblicas de la URSS o en territorios en disputa con Rusia o entre las propias ex repúblicas soviéticas. Los conflictos en Chechenia, Osetia, Armenia, Azerbaiyán o Georgia no nos son desconocidos, si bien nos resultaban lejanos, distintos y distantes, como dijo aquella lumbrera de la UCD, el presidente don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo. También intervino en la guerra civil siria, con el reciente resultado de la derrota de su protegido Bachar el Asad. Tampoco nos resulta ajena la compra de innumerables políticos de la UE a cambio de sustanciosos contratos con países europeos para el suministro de petróleo y gas, principales fuentes de energía fósil cercanas y baratas para el continente tras la caída de la URSS. Rusia se convirtió en el proveedor de referencia, favoreciendo a Putin en todas sus andanzas financieras. Finalmente, no es menor la injerencia en asuntos internos para desestabilizar, en beneficio propio, todos los países donde ha podido, destacando la labor llevada a cabo bajo cuerda en Cataluña en el contexto del famoso “procés”. Recientemente, las elecciones presidenciales de Rumanía se anularon por supuestos tejemanejes de desestabilización del personaje en relación con sus propios intereses en el país.
Putin también ha llevado a Rusia al grupo de intereses comunes BRICS, una organización internacional de carácter político y comercial fundada en 2010 sobre la base de la asociación de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. A estos se sumaron Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Irán e Indonesia el 1 de enero de 2024. Existe un estatus para miembros asociados, entre los que se encuentran Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Turquía, Uganda, Uzbekistán y Vietnam. Este grupo supera los 40 millones de kilómetros cuadrados, posee unos 3.500 millones de habitantes y concentra 40 billones de USD anuales de PIB, cerca del 40 % del PIB mundial. No es, pues, una asociación menor.
Desde febrero de 2022, mantiene sometida a Ucrania a una cruel guerra de ocupación y desgaste que ha costado cientos de miles de vidas en ambos bandos y ha puesto de relieve la desunión y las contradicciones de los miembros de la Unión Europea (UE) y de la comunidad internacional en general. En la actualidad, el personaje es buscado por la Corte Internacional de La Haya por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Este es el perfil del sátrapa de una de las superpotencias nucleares mundiales: ha dividido y desestabilizado a la UE, ha participado en la guerra civil siria, tiene como socios militares más afines a China, Corea del Norte e Irán y ha protagonizado la invasión de su vecina Ucrania, sometiéndola a una sangría económica y humana que recuerda las atrocidades soviéticas de la Segunda Guerra Mundial, cuando invadió de una tacada Polonia (esta a medias con Hitler), Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia.
Putin ya había llevado a cabo, con no mucho esfuerzo, la anexión de Crimea en 2014, operación nada sorprendente e incluso, podríamos decir, un justo reclamo, puesto que la península había sido conquistada para acceder a los mares y salir al Mediterráneo en 1783 por Catalina II, la zarina. Posteriormente, en 2022, invadió Ucrania con la idea de repetir un paseo como en 2014 y anexionar todo el país, si bien la oposición ucraniana lo ha hecho limitarse a las regiones prorrusas del este, disponiendo en la actualidad de un 20 % de la totalidad del territorio bajo la bota rusa.
En la actualidad, aspira a quedarse con ese botín e incorporarlo a Rusia y, al mismo tiempo, someter al resto de Ucrania a sus caprichos, pretendiendo dejar a este país como satélite o, cuando menos, como zona de interposición con los occidentales, un estatus que tuvieron durante mucho tiempo Austria y Finlandia tras la Segunda Guerra Mundial.
China
El megacoloso emergente de los últimos 45 años ha sido el dragón amarillo, convertido en superpotencia alternativa a los poderes de Occidente y líder indiscutible de los BRICS+. Su PIB se acerca al 50 % del total del grupo, y su disputa por el primer puesto del comercio mundial es incuestionable. La calidad de sus productos desafía a la de cualquier competidor, y su esfuerzo interno por convertirse en líder tecnológico mundial no es menos notable.
Su método de dominio pasa por un esfuerzo militar centuplicado en su zona próxima de influencia, además del comercial, financiero y asociativo. Respecto al resto del mundo, ha penetrado ya en África, Centroamérica, Sudamérica y buena parte de Europa a base de presencia comercial y logística, así como de intercambio de productos manufacturados, obtención de bases y puertos, y facilidades de crédito y compra de deuda en todos los países que se lo permiten. Nunca en la historia hemos visto un despliegue de poder de esta magnitud por parte de ninguna superpotencia de las que han existido en el mundo.

Rusia es su socio privilegiado en términos militares, lo es también en el grupo BRICS+ y, paradójicamente, su antiguo jefe de proyecto político (la URSS) es ahora su protegido, su deudo y su ariete principal para desestabilizar Occidente y obtener ventajas. Sin olvidar que el desamor que está mostrando Estados Unidos hacia la Unión Europea (UE) es aprovechado por el coloso oriental para penetrar en Europa, desestabilizarla y poner las cosas difíciles a Occidente en su guerra por recuperar Formosa (Taiwán), isla que ha pertenecido a China como suelo propio durante toda la historia.
China, además de ser un proveedor silencioso de armas y recursos financieros (mediante la obtención de materias primas, combustibles fósiles y suministro de crédito), no desempeña otro papel en la guerra de Ucrania (siendo ya de por sí relevantes los elementos mencionados). Está utilizando a la UE como tercero en disputa a la hora de sentarse en la conferencia de paz, alentándola a exigir un papel que, por el momento, Rusia y Estados Unidos le niegan. Con ello, consigue desestabilizar el proceso, ya complejo dadas las circunstancias, máxime teniendo en cuenta el tradicional galimatías que ofrece Europa a cualquier interlocutor, pues carece de una política propia unificada en términos militares, financieros, económicos y políticos.
La UE lleva ejerciendo de jaula de grillos y de niño rico, caprichoso y menor de edad desde su fundación, debido a las habituales desavenencias que la afectan. Esto la convierte en candidata a la manipulación en manos del gigante asiático, que la está utilizando como plataforma privilegiada para su dominación comercial mundial.
La OTAN y la Unión Europea
Estas dos entidades no son lo mismo, pues, mientras la primera es una organización militar de carácter defensivo que incluye a Estados Unidos como socio principal, financiero, líder logístico y militar, la segunda es una unión aduanera y de tránsito, así como de diversas normativas —entre ellas medioambientales, de agricultura, pesca, moneda, etc.— de un determinado número de países situados geográficamente en Europa. La primera tiene 32 miembros y la segunda, 27, y no todos los de un grupo pertenecen al otro, y viceversa.
El problema que surge, en cuanto a la OTAN, es que el socio principal no está muy satisfecho con su funcionamiento, pues, mientras Estados Unidos carga con el mayor peso militar, material y financiero del grupo, los socios europeos llevan regateando esfuerzos durante 80 años, dado que la OTAN data de 1945. Como los tratados —firmados o tácitos— posteriores a la Segunda Guerra Mundial han quedado obsoletos, las finalidades del grupo también han experimentado ciertos cambios. La situación actual indica que las prioridades de Estados Unidos se han modificado, siendo su principal preocupación China y el Pacífico, por lo que el teatro europeo es considerado por el gigante americano un escenario de segundo orden.
Inmersa en la disputa por las aportaciones financieras a la organización y, recientemente, en la guerra de aranceles promovida por el nuevo mandatario estadounidense, Donald Trump, contra Europa, esta entidad de defensa podría quedar relegada a un plano secundario y, eventualmente, desaparecer.
En cuanto a la UE, nacida a partir de 1956 de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, por el Tratado de Roma se convirtió en la Comunidad Económica Europea y, posteriormente, en la Unión Europea, de la que han ido formando parte, en sucesivas rondas, diversos países, hasta un total de 27 en la actualidad, que serían 28 si el Reino Unido no la hubiese abandonado en 2019 por el mandato del referéndum que llamamos Brexit.
Esta unión se ha caracterizado principalmente por dos rasgos: su desatención a los compromisos con la OTAN, especialmente los de carácter financiero, y su incapacidad para coordinar y unificar políticas que teóricamente le vienen impuestas en razón de su propia existencia. Los calificativos de galimatías, torre de Babel, jaula de grillos o cualquier otro equivalente se le quedan pequeños a este sumatorio de países que ronda los 500 millones de habitantes, que suma casi 16 billones de USD en PIB, que tiene un PIB per cápita próximo a los 32.000 USD, que es la cuna de la civilización mundial occidental y que se supone que constituye un espacio modelo de democracia y desarrollo humano.
La UE es incapaz de constituirse como bloque y articular nada común para la totalidad de los socios, en ningún campo que no sea política medioambiental, cambio climático, ecuaciones de género o políticas que impiden el desarrollo económico de sus ciudadanos, por exceso de regulación, burocracia o medidas tendentes a gravar fiscalmente a todo el que disponga de ingresos de interés para sus codiciosos gobiernos, obsesionados con enriquecer a sus camarillas políticas y con ejecutar políticas ajenas a los intereses comunes, ya sean de los ciudadanos o de los países miembros. Se han constituido en una casta sacerdotal de una religión climática y de género de corte «woke», y sus desmanes en política de inmigración están conduciendo a Europa a un desastre cultural y demográfico.
Sus desatinos en el campo político y militar la han conducido a la irrelevancia. La facilidad de países nada democráticos como Rusia, China o incluso algunos africanos para penetrarla mediante sobornos a su corrupta clase política deja a la Unión en puro concepto gramatical, al servicio de castas burocráticas privilegiadas y sin escrúpulos que traicionan a sus gobernados con una impunidad difícil de creer. En suma, la UE, en cuestiones internacionales, carece de peso.
Ucrania
Ucrania sufrió una invasión rusa por objetivos de Estado, a saber: recuperar territorios de la antigua URSS y controlar el itsmo europeo, consistente en una línea imaginaria que une Kaliningrado con Odesa e incluye Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia y la mitad de Ucrania, desde el río Dniéper hacia el este. El control de este corredor, que conecta el mar Báltico con el mar Negro, ha sido una obsesión para Rusia desde su nacimiento, en su afán por contar con fronteras seguras en el oeste.
Asimismo, la invasión respondió a razones de oportunidad. Como se ha evidenciado, el ejército ruso no estaba tan bien preparado ni era tan potente como se había afirmado, mientras que Ucrania reforzaba sus propias fuerzas armadas. Si Rusia hubiera demorado un año más la invasión, probablemente no habría podido conquistar nada. En 1996, Ucrania firmó un tratado con Rusia por el cual renunció a su arsenal nuclear a cambio de fronteras seguras e independencia nacional. Dicho acuerdo ha quedado invalidado, dado que Rusia considera que, como mínimo, parte del territorio ucraniano le pertenece.

También entra en juego el valioso tesoro de tierras raras que posee Ucrania, codiciado por cualquier potencia que establezca una relación —amistosa o bélica— con este país. Dichos recursos han respaldado el apoyo financiero recibido por Ucrania en su lucha por la supervivencia frente al coloso ruso.
En el momento presente, con los cambios ocurridos en Estados Unidos y otros acontecimientos geoestratégicos que influyen en la situación —como el ataque a Israel, el contraataque israelí, la derrota de los terroristas en Gaza y Líbano, los golpes a la defensa iraní, la caída de Siria, la probable retirada de Rusia del territorio sirio, la expansión militar periférica de China en su zona de influencia y la salida del anterior equipo de gobierno estadounidense con la entrada de Trump en su segundo mandato—, así como por el agotamiento de recursos humanos en Rusia y Ucrania, debido al elevado número de bajas (una estimación realista cifraría en un millón las bajas rusas, entre muertos y heridos, y en medio millón las ucranianas, además del éxodo forzado de más de ocho millones de ucranianos al exterior) y la merma de las arcas destinadas a la financiación de la guerra por parte de los socios de Ucrania (Estados Unidos no quiere aportar más fondos, al considerar que ha invertido 200.000 millones de dólares más que la Unión Europea, y esta última tampoco está en condiciones de seguir emitiendo dinero), el conflicto se ha convertido en una situación límite que conviene resolver. De hecho, las cifras no están tan claras, y USA ha invertido algo más que la UE, en torno a 50.000 millones.
No cabe duda de que la derrota en Siria y la llegada de Trump a la Casa Blanca han modificado el reparto de cartas en el escenario internacional. Por estos motivos, parece necesario buscar una solución a un problema que lleva tres años en curso y que se ha transformado en una picadora de carne y en un asunto internacional de primer orden.
La paz
En marzo de 2022, poco después de que comenzara la invasión rusa a gran escala en Ucrania, se llevaron a cabo conversaciones de paz entre delegaciones de Ucrania y Rusia en Estambul, Turquía. Estas negociaciones fueron mediadas por el gobierno turco, que intentaba facilitar un acuerdo para poner fin al conflicto. Durante las conversaciones, Ucrania propuso adoptar un estatus de neutralidad a cambio de garantías de seguridad internacionales. Por su parte, Rusia planteó exigencias relacionadas con la desmilitarización de Ucrania y el reconocimiento de Crimea como territorio ruso. Aunque hubo informes de avances preliminares, las negociaciones no prosperaron debido a las diferencias fundamentales entre ambas partes y la desconfianza mutua, especialmente tras las acusaciones de crímenes de guerra cometidos en lugares como Bucha.
Desde entonces, los esfuerzos diplomáticos se han estancado, con ambos países manteniendo posturas firmes y priorizando sus objetivos militares y políticos. Turquía ha seguido desempeñando un papel como intermediario en asuntos puntuales, como la facilitación del acuerdo para la exportación de granos a través del Mar Negro.
Perdida aquella oportunidad, en el momento presente los contactos se han acelerado y Estados Unidos ha puesto en marcha toda su maquinaria de poder a favor de una solución pactada. Cabe señalar que Rusia, a pesar de sus pérdidas masivas, no carece de financiación gracias a sus ilimitados recursos fósiles de gas y petróleo, que continúa vendiendo directa o indirectamente a Europa. Esto genera la paradoja de que la Unión Europea, mientras brinda ayuda a Ucrania, sigue financiando a Rusia a pesar de las sanciones impuestas.
En cuanto al personal desplegado sobre el terreno, Rusia ha perdido numerosos efectivos sin recurrir a conscripciones masivas. Para abastecer sus filas, ha empleado recursos de diversas procedencias: mercenarios, reclusos, delincuentes de todo tipo, tropas norcoreanas y su propio ejército regular han suministrado hasta ahora los efectivos necesarios para movilizar su arsenal militar.
De cara al futuro, sería probablemente impopular iniciar un reclutamiento masivo de rusos de clase media en las ciudades occidentales del país. Una guerra con tal cantidad de bajas que afecte directamente a la parte más sensible de la población rusa representaría un problema grave para la dirección del Kremlin.
En el momento actual, la partida se ha configurado de la siguiente manera:
Estados Unidos ha iniciado conversaciones con Putin y sus equipos, de las que posteriormente ha informado a Ucrania. Las condiciones iniciales no son muy favorables para este último país, ya que Estados Unidos busca concluir las negociaciones lo antes posible. Argumenta haber aportado ya una suma considerable —200.000 millones de dólares más que la Unión Europea—, elevando el monto total a más de 350.000 millones, y sostiene que tiene constancia de que la mitad de ese dinero no se ha destinado a la guerra, con la posibilidad de que se haya desviado hacia cuentas «particulares». Por este motivo, exige recuperar su inversión a través de las tierras raras existentes en Ucrania, en cantidades suficientes, y ha dejado claro que no brindará más apoyo ni enviará tropas para el mantenimiento de la paz. Unas cifras más acordes con la realidad estarían en torno a 200.000 millones por parte americana y 150.000 millones por parte europea.
Los escenarios elegidos hasta ahora para las negociaciones han sido Arabia Saudí —país que mantiene buenas relaciones con ambas partes— y, potencialmente, Turquía, que podría incorporarse como mediador y sede de futuras conversaciones. Arabia Saudí, que estuvo cerca de ingresar en los BRICS+, no ha completado el proceso de adhesión, lo que le permite conservar excelentes lazos con Rusia y una sólida relación de largo recorrido con Estados Unidos.
Por el momento, la Unión Europea ha sido excluida de las negociaciones (la propia UE ha expresado, con acierto, que la han “sentado en la mesa de los niños”). No obstante, tanto Ucrania como China han exigido su participación. La solicitud de China parece responder a un cálculo estratégico, dado que incluir a la UE podría, según su perspectiva, generar una demora sine die en el proceso. La administración Trump, por su parte, ha enviado a la UE una encuesta con seis preguntas para conocer su postura.
En Europa, ocho líderes se reunieron en París, aunque la reunión concluyó sin consenso: cuatro de ellos defendían una postura y los otros cuatro, una distinta, en relación con cuestiones como el despliegue de tropas de interposición sobre el terreno. Estados Unidos también ha celebrado una reunión con los miembros del G7 (Estados Unidos, Canadá, Japón, Reino Unido, Francia, Italia y Alemania) para informarles y coordinar posibles acuerdos.
Como estamos viendo, cada partícipe defiende sus propios intereses. El principal es Estados Unidos, que intenta atraer a Rusia a su esfera de influencia para alejarla de China, lo que constituye la verdadera partida de fondo. Este propósito, aunque loable, resulta difícil. Conviene reiterar, una vez más, que Estados Unidos no es solo Trump y que su política exterior varía muy poco en sus directrices generales, las cuales se mantienen durante décadas y se ajustan únicamente en función de los cambios en el tablero geopolítico.
Dos datos ilustrativos:
- La Segunda Guerra Mundial comenzó con 2.200 millones de personas en el mundo y finalizó en 1945 con 2.300 millones; en la actualidad, la población mundial ha superado los 8.000 millones, y ha surgido un nuevo jugador en el escenario global: China.
- Cualquier acción de política exterior de Estados Unidos se adapta a los tiempos y a las circunstancias, en función de sus propias necesidades de seguridad.
En 1972, Estados Unidos visitó la China de Mao: Henry Kissinger y Richard Nixon viajaron para reunirse con el líder chino, con el objetivo de promover la amistad y la cooperación —lo que entonces se calificó como el “deshielo” de las relaciones— y separar a China de la Unión Soviética. En el presente, en circunstancias análogas pero cambiantes, Estados Unidos se acerca a Rusia con la intención de distanciarla de China. En esa línea, Trump no duda en reunirse con Putin, como hiciera Nixon con Mao. Esto demuestra que, aunque el estilo presidencial pueda tener un sello propio, la política de fondo permanece invariable.

Rusia, por su parte, se aferra a su ganancia territorial, a la defensa del itsmo como una necesidad de política exterior orientada a asegurar sus propias fronteras y a la mutilación de Ucrania como potencia rival en su zona limítrofe. Busca una Ucrania débil y sumisa, alejada de la influencia de Occidente, ya sea de la Unión Europea, la OTAN, Estados Unidos o de todos ellos a la vez.
Las cuestiones de «compatriotas oprimidos» y de «lengua común», esgrimidas como casus belli para intervenir en Crimea y el Dombás, son meros pretextos —la justificación habitual en toda guerra que se precie—. Sus objetivos, sin embargo, están muy claros. Las circunstancias actuales favorecen a Rusia: Ucrania, aunque democrática, enfrenta casos graves de corrupción relacionados con la guerra, además de dificultades para desplegar soldados en el frente (últimamente se han registrado numerosas deserciones y existen problemas para reclutar personal, salvo que se opte por movilizar a jóvenes de entre 18 y 21 años). A esto se suma el desinterés de Estados Unidos por seguir destinando fondos y su empeño en distanciar a Rusia de China.
Putin y sus testaferros —los oligarcas— han identificado una oportunidad ideal para sus intereses y están a punto de recibir un blanqueo de imagen que marcará un hito. Con un posible resultado favorable en las negociaciones y un “nuevo” socio estadounidense dispuesto a actuar como pareja de baile, la situación no podría serles más favorable. Por ello, están redoblando sus esfuerzos en el frente: en esta guerra, como en tantas otras, se es dueño y señor del terreno que se controla con las propias tropas.
China ha apoyado sin fisuras a Rusia en el contexto del conflicto global con Estados Unidos y, paralelamente, no duda en establecer relaciones de todo tipo con Europa —la industria automovilística es un claro ejemplo de esta dinámica—, mientras la debilita e impulsa a desempeñar el papel de peón en su partida estratégica. Por ello, China desea ver a la Unión Europea sentada en la mesa de negociaciones, con el propósito de dilatar el proceso, ya que la UE carece de propósito y criterio propios y se presenta como un mar de contradicciones. La rivalidad comercial y geoestratégica con Estados Unidos obliga a China a actuar así, consolidándose como un jugador temible.
Por su parte, la Unión Europea ni está ni se la espera, por mucho que sus líderes insistan ahora en reclamar un asiento en la conferencia. Ellos mismos han declarado haber sido “sentados en la mesa de los niños” y, por una vez, han diagnosticado la situación con absoluta precisión. Felicidades. El vicepresidente Vance, en un excelente discurso de 15 minutos pronunciado hace unos días en Múnich, les explicó con claridad cuál es la dinámica actual y qué han hecho con los 80 años transcurridos desde 1945 para alcanzar un consenso.
Ucrania, por su parte, es la víctima y el convidado de piedra en una partida que excede con mucho sus posibilidades de actuación. Se encuentra en una posición similar a la de Checoslovaquia en 1938 respecto a los Sudetes, cuando nada pudo hacer más allá de expresar sus quejas. Muy posiblemente, lo mismo le ocurra a Ucrania si no desea desaparecer como nación. Probablemente tendrá que aceptar un tratado que no cubra sus expectativas, pero que al menos le permita sobrevivir. Esta es, sin duda, una postura inteligente: si sobrevives, podrás retomar la lucha y las reclamaciones algún día; si desapareces como estado independiente, las posibilidades se reducen considerablemente.
A modo de resumen, conviene recordar lo sucedido en Versalles: el tratado fue firmado en junio de 1919 y pronosticado como un armisticio de 20 años —según Ferdinand Foch, mariscal de campo y jefe supremo de las fuerzas armadas occidentales—, y el vaticinio se cumplió 20 años y 3 meses después. Todos los participantes intentarán firmar un acuerdo que ponga fin a la guerra y favorezca sus intereses. Pero cuidado: hay tanto en juego que más vale que unos y otros se aseguren de atarse bien los cordones de los zapatos.
A Ucrania le va la vida y la existencia en ello; a la Unión Europea, la situación la obliga a madurar de una vez o perecer en el intento; y a Estados Unidos, le exige ser muy cuidadoso con lo que firme, conceda u otorgue, pues prescindir de sus socios europeos quizá no sea tan buen negocio —por mucho que Donald Trump los insulte, aunque no le falte razón en algunos aspectos—. Afortunadamente, aunque los modales de Trump puedan ser rudos, la política estadounidense suele mantener un rumbo definido que rara vez se desvía, independientemente de la personalidad del inquilino de la Casa Blanca.
¡Suerte a todos!
Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años



