La administración Trump acaba de publicar esta semana su nueva Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos de América (NSS, por sus siglas en inglés), donde replantea su papel global, refinando su doctrina bajo una filosofía de «realismo flexible» y priorizando un enfoque “América Primero”. En este marco, refiere también a Europa y la necesidad de que trabaje en su propia seguridad, en el entendido de que EE.UU. no puede seguir siendo el hermano mayor que acuda en su ayuda en todo momento.
Para Europa, el mensaje es duro: según la estrategia, el continente afronta una crisis económica, demográfica y cultural, y esto, a juicio de Trump y sus asesores, pone en duda su fiabilidad como aliado a largo plazo. Dentro de ese contexto, la administración estadounidense sugiere, algo que no es nuevo, pero que queda por escrito al fin, que los países europeos asuman una mayor carga de su propia defensa, en vez de depender tanto de EE.UU., e incluso plantea reducir presencia militar estadounidense en Europa.
Este giro, controvertido y criticado por muchos, despierta recelos, pero también contiene puntos que algunos analistas interpretan como advertencias legítimas sobre desafíos estructurales en Europa.
Los problemas reales que Trump denuncia y en los que tiene, en parte, razón es que existe una dependencia excesiva de EE.UU. para la defensa colectiva. Uno de los ejes de la estrategia es empujar a Europa a asumir “el grueso” de su propia defensa para 2027, relegando a un papel secundario al tradicional garante estadounidense.
Este planteamiento evidencia una realidad tangible: la ausencia de una defensa europea integrada verdaderamente autónoma, cosa que se hace cada vez más visible tras acontecimientos como la guerra en Ucrania. En ese sentido, existe una base sólida para decir que Europa debe tener la capacidad de defenderse por sí misma, sin depender tan fuertemente de una potencia externa. Que un aliado como EE.UU. reclame un reparto más equilibrado de responsabilidades no es irracional.
En segundo lugar, señala el documento la presión económica y social derivada de inmigración, cambio demográfico y baja natalidad que, a su juicio, sufre la vieja Europa. El documento alerta, aunque con un tono extremo, sobre las consecuencias de las políticas migratorias, la caída de la natalidad y lo que llama “pérdida de identidad nacional” en Europa.
Aunque muchas de las conclusiones del texto, en particular las alusiones a “declive civilizatorio” o “desaparición de la civilización europea”, estén cargadas de controversia e ideología, no es del todo descartable que algunos de los factores que señala, como los desafíos demográficos o las tensiones derivadas de una inmigración mal gestionada, representen problemas reales para ciertos países europeos, sobre todo en términos de sostenibilidad de los sistemas de bienestar, integración, cohesión social, mercado laboral y servicios públicos.
La alerta, en su vertiente más pragmática, pone el foco en retos estructurales que la UE y sus Estados miembros (España incluida) deben enfrentar: envejecimiento poblacional, declive demográfico, presión migratoria, necesidades de integración, coste en servicios sociales, etc.
EE.UU. advierte, además de erosión del consenso geopolítico frente a conflictos internacionales y su impacto en la seguridad. Uno de los puntos de la estrategia es que Europa, con sus divisiones internas, gobiernos minoritarios, cambios frecuentes de coaliciones, etcétera, donde España es un paradigma casi ideal, no tiene la estabilidad política suficiente para sostener políticas consistentes, especialmente en conflictos complejos como el de Ucrania. Según EE.UU., esto complica cualquier ambición europea de resolver guerras o crisis de forma eficaz.
Este diagnóstico no es totalmente infundado. La fragmentación política y las tensiones internas pueden limitar la capacidad de la UE o de sus miembros para proyectar poder o influencia de forma coherente. Por lo tanto, la exigencia de que Europa cobre más madurez estratégica, también militar, diplomática y de defensa compartida, puede considerarse razonable.
Trump también habla de la necesidad de una realineación estratégica global: EE.UU. centrado en su hemisferio, Europa con más autonomía. La nueva estrategia de EE.UU. reorienta su foco global hacia Hispanoamérica y otras áreas que considera de “primera prioridad” para sus intereses.
Dado ese repliegue relativo, la administración Trump sugiere que Europa deje de depender de Washington para su seguridad externa. Si aceptamos que EE.UU. tiene derecho a definir sus prioridades, pedir corresponsabilidad europea tiene sentido pragmático. En un mundo multipolar, con nuevas potencias emergentes, quizá Europa deba construir su propia arquitectura de seguridad, con sus riesgos y ventajas.
Límites, riesgos y por qué muchos rechazan sus argumentos
Es importante señalar que muchos de los diagnósticos de Trump mezclan preocupaciones reales con un discurso ideológico e identitario muy polémico. Denunciar “declive civilizatorio”, promover una agenda anti-inmigración o respaldar partidos ultranacionalistas genera rechazo, y muchos ven en esos puntos una amenaza para los derechos humanos, la pluralidad y la cooperación internacional.
Además, la idea de que Europa puede “auto-defenderse” implica enormes retos: inversión militar, coordinación entre países, redefinición de políticas de defensa comunes, superar divergencias políticas, desde luego que una empresa costosa, larga y llena de riesgos. Muchos dudan de que la UE tenga voluntad o recursos reales para hacerlo.
Finalmente, la utilización de argumentos demográficos, migratorios o identitarios con el tono del documento puede reforzar tensiones sociales, xenofobia, fragmentación y abrir la puerta a políticas regresivas. Es una línea divisiva, con muchos efectos secundarios peligrosos.
En definitiva, podríamos decir que Trump tiene razón, pero solo parcialmente, al menos en la opinión de este observador; su diagnóstico útil exige un enfoque distinto. La nueva estrategia de Trump acierta al señalar ciertos problemas estructurales legítimos: la dependencia militar de Europa respecto a EE. UU.; los retos demográficos y migratorios reales; la vulnerabilidad estratégica de Europa ante conflictos globales y la necesidad de un repliegue estadounidense que obligue a Europa a reevaluar su autonomía.
Sin embargo, y esto es clave, su propuesta mezcla tales preocupaciones válidas con una visión ideológica polarizante y con un discurso identitario que puede alimentar divisiones internas. Es un diagnóstico urgente, sí, pero la medicina propuesta, apoyos a partidos nacionalistas, recortes de compromisos multilaterales, discurso anti-migración, podría agravar tensiones y debilitar los valores democráticos.
Por eso, aunque hay razón en parte del diagnóstico, el remedio que plantea la estrategia de Trump está cargado de riesgos y no garantiza una Europa más fuerte, sino potencialmente una Europa más dividida, fragmentada y con menores aspiraciones colectivas.
Luis Miguel Belda es Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia




