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miércoles, julio 29, 2026

La paradoja estadounidense: entre expulsar hispanoamericanos y mejorar su relación con la región

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La expulsión masiva de inmigrantes indocumentados puede perjudicar a la economía de Estados Unidos por varias razones. Pero no solo eso, también el marco de relaciones de la primera potencia del mundo con sus vecinos más próximos, los que configuran la extensa Hispanoamérica.

En primer lugar, los inmigrantes indocumentados representan una parte importante de la fuerza laboral en sectores clave como la agricultura, la construcción, la hostelería y los servicios. Su expulsión podría generar escasez de trabajadores en estos sectores, lo que llevaría a aumentos en los costos laborales y posibles problemas de producción.

Además, los inmigrantes, incluso sin documentos, consumen bienes y servicios, lo que impulsa la economía local. Si son expulsados, como lo están siendo ya, hay menos consumo en sectores como vivienda, alimentación, transporte y ocio, lo que afecta negativamente a los negocios locales.

Y aunque muchos inmigrantes indocumentados no tienen un estatus legal, pagan impuestos a través de compras, alquileres y, en algunos casos, impuestos sobre la renta mediante el ITIN (Número de Identificación Personal del Contribuyente). Su expulsión, pues, reduciría la recaudación de impuestos sin necesariamente disminuir los gastos del gobierno.

Y cuidado con este dato: Muchos inmigrantes contribuyen a la Seguridad Social y Medicare sin poder recibir beneficios. Su expulsión reduciría los aportes al sistema sin aliviar significativamente la carga sobre los programas sociales, por no hablar de la disrupción en la cadena de suministro, donde sectores como la agricultura dependen de trabajadores inmigrantes para la cosecha de cultivos. Sin ellos, las granjas pueden experimentar pérdidas y el costo de los alimentos puede aumentar. Lo mismo ocurre con la construcción, donde la falta de trabajadores retrasa proyectos y encarece la vivienda.

A todo esto, expulsar inmigrantes cuesta miles de millones de dólares en procesos judiciales, detenciones y transporte. Estos recursos podrían destinarse a otras áreas más productivas. Aunque algunos argumentan que la expulsión de indocumentados libera empleos para ciudadanos estadounidenses, en la práctica muchas de estas vacantes no se cubren fácilmente, lo que genera problemas en la producción y el crecimiento económico.

La segunda cuestión sobre la mesa es el marco de relaciones entre EE.UU y LATAM y cómo esta política masiva de deportaciones puede alterar el flujo entre ambas partes. Porque sí, las deportaciones masivas de inmigrantes desde EE.UU. pueden afectar las relaciones con América Latina en varios niveles.

Países latinoamericanos pueden ver las deportaciones masivas como una falta de respeto o como una medida unilateral que ignora la cooperación bilateral. Gobiernos como los de México, El Salvador, Guatemala y Honduras han expresado en el pasado su preocupación por el trato a sus ciudadanos deportados.

Además, muchos países no tienen la capacidad para recibir grandes cantidades de deportados, lo que puede generar problemas de desempleo y pobreza. Las deportaciones, en este contexto, pueden aumentar la inseguridad, especialmente si entre los retornados hay personas con antecedentes criminales, como ocurrió con las deportaciones de pandilleros a Centroamérica en los años 90, que fortalecieron a grupos como la MS-13.

A todo esto, no debe olvidarse que las remesas enviadas por inmigrantes representan un porcentaje significativo del PIB en países como El Salvador, Honduras y Guatemala. Si se reducen las remesas debido a deportaciones, estos países pueden enfrentar crisis económicas, lo que paradójicamente puede incentivar aún más la migración. También algunos países latinoamericanos pueden negarse a cooperar con EE.UU. en temas migratorios o de seguridad si sienten que las deportaciones son desproporcionadas o inhumanas. México, por ejemplo, podría endurecer su postura en acuerdos de contención migratoria si considera que EE.UU. no está cumpliendo con un enfoque de corresponsabilidad.

Y si las relaciones con EE.UU. se deterioran, países como China o Rusia podrían aumentar su presencia en América Latina mediante inversiones o acuerdos estratégicos. Esto podría debilitar la influencia estadounidense en la región a largo plazo. En conclusión, las deportaciones masivas no solo afectan a los migrantes, sino que pueden tener repercusiones en la estabilidad política, económica y diplomática de toda la región.

La miga está en que China se quede con el pan entero

En este entorno, según el análisis que hace el Instituto Coordenadas para la Gobernanza y la Economía Aplicada, del que se hace eco Delta13News, las medidas inmigratorias de línea dura, los aranceles punitivos y la retórica expansionista exhibida por el presidente estadounidense Donald Trump en sus primeras decisiones “pueden alejar a las naciones hispanoamericanas, profundizando la rivalidad entre Estados Unidos y China y dejando a la región a merced de un panorama geopolítico más polarizado”.

Cierto que Estados Unidos cuenta con varias herramientas clave que podrían ayudarlo a recomponer su posición en Hispanoamérica, debilitada tras años de desatención de la región. Existen marcos como la Alianza para la Prosperidad Económica de las Américas, que se centra en la resiliencia de la cadena de suministro, la conectividad digital y la colaboración en materia de semiconductores, para fomentar vínculos más estrechos.

También merece destacarse iniciativas como el Simposio sobre Semiconductores de la Alianza para las Américas, que reúne a países como México, Costa Rica y Panamá, que constituye un buen ejemplo de la creciente participación de Estados Unidos en el desarrollo económico regional, según los analistas del Instituto.

Además, recuerdan, las inversiones estadounidenses a través de la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo (DFC) son sustanciales, con más de 11.000 millones de dólares comprometidos en proyectos como la extracción de minerales críticos en Brasil y las iniciativas de conservación ambiental en Ecuador. Estos proyectos contribuyen a un compromiso económico y diplomático más amplio de Estados Unidos en la región.

Mayor atención hacia Hispanoamérica

La administración entrante de Trump parece estar preparada para atraer una mayor atención hacia Hispanoamérica, señalan los analistas del Instituto, que ponen en valor “un equipo de liderazgo compuesto por personas cuya experiencia y conexiones sugieren un enfoque estratégico en la región”. Al respecto, apuntan que nombramientos clave como el de Marco Rubio como secretario de Estado, el exembajador en México Christopher Landau como su adjunto y Mauricio Claver-Carone como enviado especial, indican una “concentración sin precedentes de especialistas en Hispanoamérica en puestos de alto nivel”. Muchos líderes regionales pueden recibir con agrado este nivel de atención, en particular porque subraya la creciente importancia geopolítica de la región.

Sin embargo, advierten estos analistas, este renovado enfoque en la región está determinado por un “estilo de liderazgo que enfatiza la negociación transaccional, la toma de decisiones personalista y una postura confrontativa, fuertemente influida por los ‘halcones de China’ que ocupan roles clave”.

Si bien el énfasis del gobierno en contrarrestar la creciente influencia de Beijing puede resonar en algunos gobiernos regionales, sus medidas punitivas y sus matices expansionistas podrían alejar a otros, avisan. Así, la “retórica agresiva”, sumada a un menor énfasis en la cooperación multilateral, “corre el riesgo de presentar a Hispanoamérica no como un socio sino como un mero escenario para la rivalidad entre grandes potencias”.

Una piedra angular de la estrategia del gobierno estadounidense parece ser el realineamiento económico mediante iniciativas de nearshoring, diseñadas para reducir la dependencia regional de China. La defensa de Claver-Carone de acuerdos bilaterales con gobiernos “amigos” refleja un deseo de contrarrestar las inversiones chinas en la iniciativa de la Franja y la Ruta con asociaciones específicas con Estados Unidos, ofreciendo vías alternativas para el desarrollo industrial y de infraestructura.

No pasa por alto el Instituto en su análisis que el atractivo de China en la región “se debe en gran medida a su énfasis en la financiación de infraestructuras, el comercio y el apoyo económico sin condiciones, elementos que resuenan en los gobiernos que buscan un crecimiento tangible y de corto plazo”. De este modo, argumenta, “si las políticas de Trump no ofrecen una alternativa convincente que esté a la altura de las posibilidades o la flexibilidad de Beijing, Estados Unidos corre el riesgo de ceder más terreno a China a pesar de su mayor enfoque en la región”.

Muchos países latinoamericanos valoran a China como un socio comercial e inversor fundamental, aunque también valoran mantener fuertes vínculos con Estados Unidos. Si se ven obligados a una elección binaria, algunos países pueden inclinarse más fuertemente hacia Beijing, especialmente si las políticas estadounidenses parecen coercitivas o desdeñosas con las prioridades locales”, concluyen los analistas.

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