Un reciente análisis del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada ha puesto el punto sobre las íes de una realidad que no esconde una velada preocupación por el devenir de la Europa que conocemos. La Guerra de Ucrania, aun con los aspavientos de Hungría, parecen mantener a la UE bajo un mismo criterio. Incluso la ambigua Turquía, ligada a Europa vía OTAN, no parecen poner en peligro la unión, pero el varapalo de los aranceles y, sobre todo, determinados resultados electorales recientes, con ascenso de fuerzas a la derecha de la derecha, podría estar poniendo en riesgo la ideal estabilidad que se espera de los 27.
Uno de los más recientes sucesos sociopolíticos ha tenido como escenario Austria, que se ha visto forzado a un tripartido para eludir una creciente derecha extrema. Otro tanto recién ocurrió en Alemania, forzada a unas elecciones anticipadas, que ha obligado a derecha e izquierda a formar un gobierno de coalición para eludir, así mismo, a la derecha extrema: ni qué decir tiene que en Francia, su presidente, Emmanuel Macron, va camino de convertirse en el dirigente galo más solo en décadas, con gobiernos al borde siempre del precipicio y un Frente Nacional, a pesar del último revés que ha sufrido Marie Le Pen, a un paso de tomar el Elíseo, el sueño ancestral de su padre.
Qué decir de la propia fragilidad en España, con un presidente de gobierno, Pedro Sánchez, que cumple siete años sin haber ganado ninguna elección por mayoría suficiente para poder gobernar sin la necesidad de otros partidos. Estos sucesos, según los analistas del instituto, advierten “cómo la inestabilidad se ha instalado como una característica de la política europea”.
La precariedad política de Europa es un fenómeno complejo que abarca aspectos políticos, económicos, sociales y culturales. Estas manifestaciones reflejan tanto tensiones internas en los Estados europeos como desafíos externos que afectan al continente. Entre sus manifestaciones, el informe del instituto destaca que uno de los principales indicadores de inestabilidad en Europa es la fragmentación política y el aumento de movimientos populistas y extremistas.
En países como Italia, Francia, España, Portugal o Hungría, partidos de extrema derecha o izquierda han ganado terreno, “desafiando los sistemas políticos tradicionales”. Estos movimientos, recuerdan los analistas, “se han alimentado del descontento con las políticas de austeridad, la inmigración y la globalización, promoviendo agendas nacionalistas y euroescépticas”. En este marco, el Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea en 2020, simboliza un ejemplo clave de estas tensiones, reflejando la desconexión entre sectores de la población y las instituciones.
La crisis financiera de 2008 y la posterior crisis de la deuda soberana en la Eurozona desencadenaron inestabilidades económicas que aún repercuten en varios países, advierten en segundo lugar, los autores del informe. Estados como Grecia, España y Portugal sufrieron “recesiones profundas, altos niveles de desempleo y políticas de austeridad impuestas por organismos internacionales”. Estas, recuerda, generaron protestas “significativas” y una “erosión de la confianza” en las élites políticas y económicas. Y, aunque la economía europea ha mostrado signos de recuperación, “las disparidades económicas entre los países del norte y del sur persisten, manteniéndose las tensiones”, no obstante.
Por otra parte, prosigue el informe, el aumento de la inmigración, especialmente durante la crisis de refugiados de 2015, generó divisiones sociales y políticas significativas. Países como Alemania y Suecia adoptaron políticas de acogida, mientras que otros, como Hungría y Polonia, rechazaron la llegada de refugiados. “Este fenómeno exacerbó los debates sobre identidad nacional, multiculturalismo y seguridad, y alimentó el discurso xenófobo en el conjunto de la Unión”.
Luego, Europa también enfrenta desafíos externos que contribuyen a su inestabilidad, como las tensiones con Rusia, especialmente tras la anexión de Crimea en 2014 y la guerra en Ucrania iniciada en 2022. Esto ha generado una crisis de seguridad que ha obligado a los países europeos a reforzar sus capacidades militares, ahí está el plan de rearme recientemente presentado por la Comisión Europea, y repensar su política energética, dada su dependencia del gas ruso.
Por tanto, señala el informe del instituto, “las manifestaciones de inestabilidad en Europa son el resultado de una compleja interacción de factores internos y externos. Estas dinámicas subrayan la necesidad de fortalecer la cohesión política y social, mientras se enfrentan desafíos globales de cuya resolución exitosa depende de la viabilidad futura del modelo europeo”.
Una hoja de ruta para reaccionar
La hoja de ruta a seguir, a juicio de los analistas de esta organización de pensamiento, debe tener en cuenta algunos ámbitos significativos. En primer lugar, la disposición de una “agenda que mitigue el creciente descontento con las élites políticas tradicionales y la adopción de un catálogo de acciones que conjure esa percepción cívica de que los gobiernos y las instituciones europeas no abordan adecuadamente los problemas cotidianos de los ciudadanos, como el desempleo, la desigualdad y la seguridad”.
En segundo lugar, la “mejora de la cohesión económica y social, afrontando el avance de las desigualdades y reafirmando las políticas asociadas a la concepción original del proyecto europeo, con énfasis en la protección de un bienestar adaptado a las condiciones del siglo XXI”.
En tercer lugar, “afrontando de manera racional las preocupaciones sobre la identidad cultural, promoviendo un diálogo continental que conduzca a la adopción de una política común sobre refugiados y migrantes. Asimismo, esta debiera complementarse con una acción más decidida en los países emisores respecto a los factores estructurales que la impulsan pues de otra forma nunca serán suficientes las políticas de contención”.
En cuarto lugar, sostiene que los cambios estructurales deducidos de problemas como el envejecimiento de la población, el cambio climático y la transición hacia una economía digital también han generado incertidumbre. Estos desafíos estructurales, juzgan, “requieren soluciones a largo plazo, pero a menudo su formulación se ve seriamente dilatada o incluso imposibilitada por el agravamiento de las divisiones políticas”.
En el orden tecnológico, para el Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada, Europa necesita un “significativo impulso” pues se está quedando atrás y a merced de otras potencias. La crisis del automóvil, señala, es el “último botón de muestra”, pero agrega que “otro tanto podríamos decir del nivel de robotización de la manufactura o la lentitud en la reconversión de sectores clave de la economía del siglo XXI”. El informe no contempla en el momento de su redacción el conflicto generado por la guerra de aranceles de Donald Trump.
“Abordar estas causas”, se indica en el informe, “requiere un enfoque coordinado y resiliente. Los líderes europeos tienen en sus manos el futuro de la UE y su papel en un orden internacional en proceso de rápida mutación. Sin un liderazgo claro y unas políticas activas que afronten los principales desafíos, la UE corre un muy serio riesgo de perder significación política en el nuevo orden que se bosqueja ante nuestros ojos”.



